Valentín Roma

JOSÉ MARÍA NUNES. UN GRITO EN MITAD DEL CONSENSO – Valentín Roma (2016)

diciembre 5th, 2016 by admin

Los primeros minutos de GRITOS… a ritmo fuerte (1983) son, al mismo tiempo, un documento visual sobre la Barcelona de los ochenta y sus retaguardias; una prueba del «oído cinematográfico» de José María Nunes y, por último, la crónica de una juventud excluida de los clichés de la ciudad del disseny y la rauxa.

Hablamos, conviene recordarlo, de 1983, cuando Barcelona se hallaba plenamente inmersa en su candidatura olímpica, mientras el stablishment intelectual y artístico de la ciudad funcionaba como un verdadero «comité civil», dictando qué era fotogénico o esloganizable y qué podía arrinconarse en el cajón de la disidencia inoportuna.

La película comienza con una bajada dostoievskiana al subsuelo barcelonés, a las catacumbas de esa urbe de los prodigios que entonces ya había emprendido su particular viaje sin retorno hacia la mercantilización y banalización del espacio público. Estos intestinos urbanos son locales con paredes forradas de hueveras, zulos donde diversos grupos de música ensayan o conspiran contra su tiempo. Dentro hay jóvenes pertenecientes a algunas tribus urbanas del momento –rockabillies, mods, punks, popies, etc.–, cuyas diferencias parecen unificarse cuando alguien les pregunta y ellos responden con gestos desafiantes o con monólogos cáusticos.

Sin embargo, junto a los exabruptos juveniles van surgiendo otros temas de distinto alcance. La precariedad laboral es uno de ellos, los problemas derivados de la explotación en el trabajo, también las dificultades para encontrar un sitio fuera del mapa de la cultura institucionalizada.

Ausencia de ámbitos sin el tutelaje político, falta de cobertura sindical, incumplimiento en los salarios pactados o debilidades de la industria con la producción, distribución y difusión, hay momentos donde uno se pregunta si el film transcurre hace treinta y tres años o ayer mismo. No obstante, la insistencia con que todos los testimonios señalan «la mili» como cesura de vida y como primera cicatriz ideológica nos recuerda enseguida de qué tiempo estamos hablando. También un obstinado desprecio contra la alienación, ese término que ha desaparecido de los vocabularios de la rebeldía inmediata. La lucha de clases pervive bajo una forma básica y no exenta de contundencia, algunos de los jóvenes con mayor capacidad de oratoria –entre ellos Loquillo, quien ya se revela aquí como un evangelizador incipiente– la utilizan para auto-conectarse con las generaciones anteriores, nuevamente parece que seguimos con el periódico de esta mañana.

Narrada como un patchwork de voces y temas, GRITOS… reúne al menos tres historias superpuestas donde convergen géneros audiovisuales distintos, algunos ya recapitulados y otros pendientes de imitación y caricatura. La primera es aquella que ya hemos empezado a describir más arriba, el relato de una parte de la escena musical underground barcelonesa de principios de los ochenta, que aquí adopta el formato de un film de antropología urbana documental; la segunda es el acercamiento a esta misma escena de Punka –María Espinosa–, una ya no tan joven hija de la burguesía catalana acomodada quien, al estilo del cinéma verité, registra con su cámara la vida de estos grupos juveniles, asiste a sus ensayos, les acompaña a las productoras y, sobre todo, les interroga sobre cuestiones abismales como el miedo, el amor y el futuro; la última historia es la del marginado Ricardo –José María Blanco–, tal vez un trasunto del propio Nunes o una voz en off hecha cuerpo que reflexiona acerca del éxito y la improductividad, aportando cierto tono parabólico que contrasta con la inmediatez que invade la película.

Lejos de cualquier tentación puramente estilística, Nunes «samplea» los tres relatos de un modo tan áspero como son los lugares y las personas que aparecen en el film. De hecho podría decirse que hay varias desorientaciones interpelándose mutuamente: una la de los jóvenes dentro una ciudad hostil con sus inquietudes políticas y artísticas; otra la de los ¿adultos? Punka y Ricardo, extraños por edad y por discurso, quienes traen a estos escenarios del desacuerdo social una nostalgia en ocasiones victimista, una cautela algo ridícula respecto a otras formas de politización. De nuevo Nunes se anticipa mostrando el paternalismo ideológico e incluso lingüístico de la generación precedente, ese tiempo donde la épica de la militancia antifranquista se tornó eficacia en el poder, donde los antiguos conspiradores de cédulas troskistas y maoístas abandonaron sus hábitos y recogieron condecoraciones en forma de cargos públicos o tribunas de opinión.

Es extraño que GRITOS… no haya sido entendida como una película fundacional y sí como un documento de época. En cierto modo recuerda a los diálogos nietzscheanos de Alfonso Sastre, que abordan la utopía a la manera de una onomatopeya social, nunca como un proyecto de ingeniería colectiva pergeñado desde arriba. Los ochenta están viviendo hoy una paulatina recapitulación dentro del campo de la historiografía artística. Hasta hace bien poco, cuando se llevaron a cabo las grandes impugnaciones sobre las prácticas estéticas de los años setenta, eran poco más que un momento de degradación mercantil y de inhibición ideológica, el tiempo de los esoterismos individualistas y la opulencia económica. GRITOS… permite apreciar complejidades no tan esquemáticas, de ahí que sea ahora un momento especialmente idóneo para recapitular qué está ilustrando.

Son muchas las escenas que rebaten ciertos estereotipos asociados a la lectura contra canónica de la Transición, entre ellas una en la que varios grupos musicales se acercan a la sede de CCOO en pleno agosto y, al encontrarla cerrada aunque habían concertado una cita previa, deciden marcharse hasta un bar cercano, donde inician una asamblea de caóticas opiniones sobre el aparato sindical español, los problemas con la censura nacionalista y el ambiente en sus hogares.

Quizás uno de los puntos álgidos de la película tiene lugar durante la actuación improvisada de Decibelios, cuando éstos gritan el estribillo  «botas y tirantes, y ostias en el bar; cabezas rapadas, gritos de unidad», mientras un soldador impertérrito continúa con su trabajo. El ojo de Nunes salta desde los aullidos musicales hasta la apatía del operario, desde la violencia de la letra hasta la llama que perfila con esmero ¡una ventana enrejada!, quién sabe si para cualquier cárcel o para algún propietario temeroso de la delincuencia juvenil.

Al hilo de esto –y como réplica para los tan sobrevalorados bares de diseño barceloneses de los ochenta–, cabe referirse a la densidad vital de aquellos locales donde transcurre la acción, talleres mecánicos de doble uso, sótanos o altillos a medio hacer, los bancos de la calle o el mítico Zeleste, único ejemplo que trascendió nuestras pequeñas fronteras y donde brilla el genio de dos diseñadores «olvidados» en la mayor parte de fastos autóctonos, Santiago Roqueta y Carles Riart.

Parece ser que la película debía llamarse Marginados, al menos así lo anuncia un artículo de la época firmado por Montserrat Casals[1], quien recuerda, sin demasiado precisión o con mucho disimulo, que Nunes no podía firmar los títulos de crédito, «ya que él es portugués, extranjero, y debe ceder este honor a su hija Virginia». Para completar la información conviene leer una entrevista del cineasta con Ferran Monegal en La Vanguardia del 18 de febrero de 1976 a propósito de su film Iconockaut (1976), se titula «Problemas con la censura».

Es inevitable recordar que algunos de los protagonistas de la película llenaron estadios, firmaron contratos astronómicos con diversas multinacionales o ejercieron de propagandistas reaccionarios o de paladines de la socialdemocracia. Pero también es difícil no acordarse de aquellos que siguieron residiendo en las arenas movedizas y precarias del underground.

En este sentido, GRITOS… registra cierto instante breve y necesario de la cultura municipal donde no existía el concepto de «políticas culturales», donde nadie esperaba comisiones ni planes directrices, organigramas horizontales o verticales. Algunos llaman «desarticulación» a ese estado de latencia institucional; otros preferimos denominarlo, desde una nostalgia trasnochada y cursi, el momento más imprevisible de Barcelona. Luego vinieron las conselleries y los directores generales, los cónclaves de especialistas y el urbanismo de salón y gentrification. Quedará para el recuerdo cuando las normativas del ayuntamiento aún no habían advertido que beber, pasear desnudo y tocar música por la calle desvirtuaban la imagen de la ciudad. En menos de una década los gritos a ritmo fuerte serán sustituidos por el «Amics per sempre» cantado a coro en el Estadio Olímpico de Montjuïc. También entonces había dos operarios haciendo su trabajo o soldando rejas excluyentes, uno era el jefe del estado español, otro un marqués que en 1974, con motivo del 38 aniversario de la victoria del dictador Francisco Franco, levantó su mano para hacer el saludo fascista.

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