Valentín Roma

VALENTÍN ROMA - Polaroid Cero

Julio 23rd, 2009 by admin

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En 1984 yo sólo tenía tres objetivos vitales más o menos claros. Uno era robar la máquina polaroid que había en el escaparate de la tienda de fotografías de debajo de mi casa; otro era hacer el amor por primera vez con cualquiera de las chicas de mi clase o, en su defecto, con “casi” cualquiera de las madres de mis mejores amigos. El casi es bastante importante. También es importante señalar que durante ese año ninguno de mis mejores amigos utilizaba jamás la alocución “hacer el amor”. Finalmente, el último gran objetivo vital que tenía en 1984 era viajar a Australia para convertirme en actor. Concretamente quería participar en la tercera entrega de la película Mad Max y, más concretamente, quería ser el doble de Mel Gibson. Sé que a ustedes les parecerá rocambolesco lo que les estoy explicando y que les costará creerme viendo lo que están viendo en estos momentos, sin embargo, puedo asegurarles que, en 1984, yo me parecía bastante a Mel Gibson. Es más, les garantizo que Mel Gibson y yo éramos, en 1984, casi una misma persona. En esta ocasión el casi no es demasiado importante.

Por eso, esta historia empieza cuando un chico encuentra tres billetes de veinte libras esterlinas en una calle de Badia del Vallès e imagina que se trata de una pequeña fortuna.

Esta historia empieza justo en el momento en que ese chico evalúa el dinero que ganará durante todo el día en la carpintería de su vecino y, mirando el rostro de Isabel II, decide no presentarse a su trabajo.

Esta historia empieza muy temprano; exactamente esta historia empieza a las seis y treinta y cinco minutos de la mañana.

Pero esta historia también empieza cuando una mujer filipina se unta pomada en uno de sus brazos para curar los hongos que le han aparecido. Y lo hace mientras viaja en metro, mediante suaves movimientos circulares de sus dedos índice y corazón, soplándose sobre la mancha blanca que va penetrando en las pequeñas manchas de color rosado, estorbada por un mechón de pelo que le cae encima de los ojos, un mechón de pelo mojado o grasiento. Esto no se sabe aún. Esto aún no puede precisarse.

Y esta historia empieza cuando un joven vestido con un mono de color verde arranca una máquina de la que sale agua a presión y acerca el tubo finísimo a la última pintada hecha durante la noche anterior en los cristales de una sucursal de “la Caixa”. Y el joven vestido con botas de puntera de hierro reconoce en esa pintada la cara de un escritor muerto hace unos meses, el rostro de Roberto Bolaño con gafas caídas, un cigarro encendido en la mano izquierda, fumando debajo de la vajilla firmada por Ferran Adrià y con el pelo ensortijado, mal peinado o grasiento. Esto aún no se sabe. Esto, la verdad, es que tampoco tiene demasiada importancia.

Y, por último, esta historia empieza un domingo aburrido y soleado de 1935, cuando Edward H. Land se acerca a la ventana de su casa en Connecticut y mira hacia la carretera que serpentea delante suyo, esperando el paso de algún carromato, clasificando las diferentes tonalidades de las sombras que arrojan los abetos sobre la tierra de delante, tarareando en su cabeza una canción de Woody Guthrie y Lefty Lou. Satisfecho y somnoliento, sonriéndole a su cara reflejada en los cristales del ventanal, evaluando si su nuevo invento, la máquina de fotografiar conocida años después con el nombre de Polaroid, le permitirá algún día comprarse uno de esos coches que conducía Paul Muni en las películas de la Metro.

Esta historia empieza ahora. Esta historia ya ha empezado.

Publicado POLAROIDS - V. ROMA |

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