Valentín Roma

LOS ÁNGULOS MUERTOS DEL COLLAGE: DE HANNAH HÖCH A OSVALDO LAMBORGHINI – Valentín Roma (2015)

enero 10th, 2016 by admin

En la práctica del collage se dan cita dos figuras características del exceso y lo apabullante: una es la imposibilidad de expresar el todo, otra es la necesidad de decirlo todo a la vez.

La primera conduce directamente al fragmento y a la reiteración, pues a diferencia de la palabra sagrada o la palabra burocrática, el dogma divino o la ley normativa, aquí abajo, entre las cosas del mundo, sólo cabe hablar mediante tribulaciones que carecen de continuidad, a través de perspectivas que demandan negociarse, es decir, contra las homilías celestiales o las prerrogativas de cualquier poder, aquí abajo, entre las cosas del mundo, hay que escuchar y decir al mismo tiempo, sobre todo si queremos que los discursos se vacíen de propietarios e incluso de la supremacía del sentido, tal y como señalaba Jacques Derrida, por cierto uno de los paladines del fraccionamiento y, quizás, el mayor damnificado por su vocablo “deconstrucción”.

La segunda figura abrumadora apunta hacia lo simultáneo, el coro de voces atropellándose unas a otras o las numerosas identidades que en pleno fragor disidente claman, replican y problematizan el consenso del yo. No obstante, aparte de las multitudes rebeldes que habitan dentro de cada individuo, hay en la urgencia por decirlo todo a la vez una falta de tiempo, o visto desde el lado opuesto, una prisa porque ciertos mensajes ni se pierdan ni se desatiendan, pues el principal carácter de lo intempestivo es que siempre parece a punto de caducar, siempre se encuentra en peligro.

Todos los grandes artistas del collage fueron atravesados por el rayo eléctrico del exceso, todos abrazaron la poética y la política del fragmento y todos sufrieron la misma premura temporal. Sin embargo, tan sólo unos pocos lograrían encontrarle el ángulo muerto a esta disciplina, aquellos vértices donde incluso un arte de la sobreexposición, como es la práctica del collage, se hace oscuro e indetectable.

Entre estos últimos elegidos hallamos a Hannah Höch y a Osvaldo Lamborghini, quienes personifican los extremos de un mismo límite. Así, a pesar de sus particularidades, en ambos artistas observamos algunas cuestiones señaladas al principio: la escatología y la pornografía como un lugar donde residir, un sitio de exterioridad inestable; el apelotonamiento de imágenes y palabras, acaso conjurando el horror vacui existencial; la proclama ideológica mordida por lo histriónico; la ironía más feroz bajo un envoltorio de ternura ciertamente kitsch; los delirios que uno arrastra a solas y que le constituyen; el anacronismo como fundamento epistemológico; la cita y el homenaje a compañeros de odisea creativa, todos ellos fantasmas ya muertos…

Pero Höch y Lamborghini –que compartieron filias y fobias germánicas y que, maravillas del tiempo histórico, llegaron a ver simultáneamente, sin saberlo, el cine de R.W. Fassbinder, tal vez la síntesis de ambos– poseen, como mínimo, dos diferencias irreconciliables: una es que Hannah Höch creyó en la potencia colectiva para cambiar el arte y cambiar el mundo, mientras que Osvaldo Lamborghini no; otra es que Lamborghini era un individuo más desvalido y menos pagano de lo que su obra pudiera parecer, mientras que Höch fue un azote imprescindible para sus contemporáneos. Diría, entonces, que el modo en que estos dos artistas administraron su fragilidad –y también lo vulnerable que hay en sus respectivos trabajos–, puede que sea el fundamento del collage, la manera en que pretendiendo decir todo y diciendo todo a la vez, aquello que queda es, paradójicamente, algo oculto, un ángulo muerto que permanece entre las siluetas recortadas, la esquina de una letra entre las palabras que se pisan unas a otras.

Mirar las composiciones de Höch y Lamborghini supone adentrarse en lo que Derrida llamó la “restancia”, que según sus propias palabras, es aquello que excede la autoridad –y el autoritarismo– de todo ser, lo que sobrepasa el uso y la ontología.

Semejantes restos no son, en absoluto, ni desechos ni saldos, no son las excrecencias desestimadas durante la arquitectura de una idea o un remedio. Tampoco son alguna clase de cimiento, esa parte épica que quedó al final, después de todos los cataclismos.

De este modo, en Höch y Lamborghini, una aventura entre restos significa un trayecto a través de cosas excluidas, imágenes y términos que sobrepasan incluso la presencia, pues aquello que va quedando es, también, aquello que se ha puesto a salvo: lo que el propio artista consiguió salvar de sus operaciones creativas.

Hablamos, pues, de cómo los collages de Höch y Lamborghini son un rescate y una impugnación, un modo de desordenar las condiciones o las expectativas de los materiales pero, a la vez, una suerte de revuelta dentro de la naturaleza de ellos mismos. Hablamos, así, de un idioma que se expresa mediante formas, aunque imagina, sueña o presiente que ya logró desprenderse de ellas.

 

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