Valentín Roma

LOS MAESTROS DE LA CERTEZA – Valentín Roma (2015)

diciembre 23rd, 2015 by admin

Ni siquiera había llegado el verano de 1962 cuando Hitchcock le desveló a Truffaut uno de sus mejores trucos de magia: qué significaba un mcguffin. Tres años después Paul Ricœur acuñaría la fotogénica consigna sobre Marx, Nietzsche y Freud, a quienes llamó «los maestros de la sospecha».

Fueron tiempos de suspense, aquellos primeros sesenta, una época necesitada de figuras profesorales y donde las incógnitas circulaban vertiginosamente, perseguidas por el dogmatismo o propensas a transformarse en principios inquebrantables.

La fiebre sesentayochista le añadió a los tres pensadores sin afeitar un joven barbilampiño, Arthur Rimbaud, quien completaría el cuarteto de sepultureros del siglo XIX, las pilastras sobre las que debía alzarse el edificio de la desobediencia en el siglo XX.

Casi siempre leídos con el pulso acelerado, los jinetes de la descodificación trajeron a sus espaldas, respectivamente, un programa para ordenar las pugnas sociales, un acta de orfandad divina y un mandato de promiscua soltería, en el caso de Rimbaud, la trepidante imbricación del arte con la vida.

Nadie perseveró tanto en la denuncia de los sistemas, hasta el punto que aún se les tiene por apóstatas de todas las claudicaciones. No obstante, lejos de sus exorcismos y sus encumbramientos, queda de ellos el asalto a la iglesia de la razón, una forma de escribir que les devuelve –o les restituye– lo que siempre fueron: tozudos militantes del género aconfesional.

Contra las trompetas evocativas del idealismo, Marx, Nietzsche y Freud, igualmente Rimbaud, opondrían el estrépito que convoca a adeptos y adversarios. Melómanos antes que cinematográficos, los velludos fundadores y el poeta del atrevimiento practicaron la cacofonía, de ahí que sus textos se oigan como el famoso pistoletazo en un concierto, algo grosero y a lo que, sin embargo, no se puede negar cierta atención.

Esta parábola de Stendhal sobre la política en la literatura ha sido esgrimida para tildar de populistas algunos relatos, para llamar panfletarios a numerosos empecinados. Pero no sólo hay histrionismo o prisa en el aullido del insurgente, también hay la creencia de que en los abusos, la rabia y el deseo de un ser humano, así como en sus necesidades de belleza, puede profetizarse la historia entera de la humanidad.

Frente a la muerte del autor vaticinada, entre otros, por Barthes y Foucault durante los setenta, Marx, Nietzsche y Freud personifican ese codazo que derriba intermediarios entre el texto y sus lectores, un gesto de extrema cercanía –un golpe de autoritarismo– donde creemos oír la voz irresistible de nuestros confidentes.

Con ellos se clausuró una forma histórica y política de autoría y, sobre todo, se removieron los marcos de la lectura como práctica cultural. Hoy es difícil reconstruir el impacto de sus cañonazos, notar de nuevo el escozor de sus aguijones dialécticos. La hipocresía nos ha inmunizado frente algunas modalidades de desmesura, mientras que los diversos mesianismos lograron hacernos un poco más sordos ante ciertas iconoclastias.

Los escritos de Marx, Nietzsche y Freud fueron objeto de los mayores desciframientos pero, a la vez, existe algo en ellos que nos mueve a leerlos como si fuesen instrucciones, como si nos estuviesen diciendo una manera de hacer, un modo de actuar. Probablemente este lugar limítrofe de una escritura que puede pasar a la práctica sin la mediación interpretativa azuzó a numerosos traductores obstinados, quienes pernoctaron en la «oscuridad» de dichos textos con un nivel de empeño muchas veces próximo a la endogamia.

Pierre Bourdieu ha señalado que leer es el producto de las condiciones en las que somos producidos como lectores, por lo que debemos historizar nuestros vínculos con la lectura para liberarnos de aquello que la historia nos impone como presupuesto inconsciente. El sociólogo está refutando «las lecturas estructurales» y, más en concreto, el daño colateral del estructuralismo, esto es, la transformación del lector en una suerte de exégeta privilegiado, el propietario de ciertos secretos hasta entonces ininteligibles. Además, para ejemplificar sus tesis alude a la Biblia y El Capital, dos libros que han concitado una verdadera –y sangrienta– batalla por la excelencia hermenéutica.

Siguiendo este mismo argumento y con el estilo abrasivo que le caracteriza, Sloterdijk se pregunta si los maestros de la sospecha tendrán algún día «lectores adecuados, no funcionarios de la interpretación apostólica». Tal vez podamos nosotros virar la anterior premisa hacia posiciones menos cínicas, interrogándonos quién cogió el testigo antisistémico después de Marx, Nietzsche y Freud, o dicho mediante parábolas musicales: ¿quién entona hoy La Internacional? ¿quién le canta a Dios una saeta el día de su sepelio? ¿quién baila el tango con sus deseos más inconfesables?.

En uno de sus libros más hiperbólicos –Shakespeare: The Invention of the Human (1998) –, Harold Bloom sostiene que el dramaturgo no sólo inventó la lengua inglesa, sino la naturaleza humana tal y como la conocemos actualmente. Así, sentimos celos genuinos después de que apareciese Otelo, verdadero vitalismo tras Falstaff, teatralizamos nuestra conducta por Cleopatra y poseemos un misticismo secular gracias a Hamlet, quien al decir de Bloom es un personaje literario muy superior a Jesucristo o Yahvé. No duda el erudito en llamar «bardolatría» a esta pasión desaforada por Shakespeare, equiparando la obra del autor inglés con los grandes textos sagrados de Oriente y Occidente.

A pesar de esta inclinación al ditirambo, es factible rescatar diversos aspectos del análisis de Bloom, que leído «en negativo» y aplicándolo a Marx, Nietzsche y Freud podría sostener hasta dónde la escritura de estos autores carece de pretensiones ontológicas y, sin embargo, ha adquirido un mismo sentido fundacional.

Los tres huidos del idealismo desvirgaron un territorio inexplorado hasta su llegada: la orografía de las desigualdades sociales, las ruinas del raciocinio y el paisaje del inconsciente. Para ello, y al revés que el Shakespeare bíblico, tuvieron que transitar géneros literarios bastardos como el panfleto, el aforismo o el diagnóstico médico elevado a la categoría de literatura. Sin embargo, aferradas a este eclecticismo irresistible nacieron nuevas disciplinas del saber, las ciencias sociales, la politología o el psicoanálisis. A la vez, con ellos se afirmó otro estatuto para la figura pública del intelectual y, de rebote, el distanciamiento progresivo de las universidades respecto a aquellas formas de pensamiento más libres e influyentes.

Con frecuencia se ha entendido a Marx, Nietzsche y Freud como portadores de cierta embajada que tendría un pie en el origen y otro en los epílogos, la cabeza en el nacimiento de las creencias, el alma en las estéticas del no. Mitad Moisés mitad Duchamp, sus bramidos contra las alienaciones de las masas, sus revueltas desde la injusticia y el tono iracundo que les transportó fueron resucitados bajo la fisonomía fantasmal del nihilista o el clown. Emparedados entre lo adivinatorio y lo cínico, entre la violencia y el metalenguaje, entre un alegato de combate y la inhibición hecha actitud, conviene rebelarse contra los imaginarios que los tipificaron, aventurando una empresa mitológica distinta para sus respectivas figuras.

 

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De los cuatro profetas mayores, Jeremías es el más denostado y, a la vez, quien tiene una sensibilidad política superior. Escribió sobre asuntos económicos de su época, condenó la opulencia de las clases privilegiadas y fue un autor extraordinariamente desordenado, que mezcló estilos literarios dispares y que cometió graves errores cronológicos. Incluso abrió una rendija al desacato divino, cuando en el libro que lleva su nombre plantea que es demasiado tarde para evitar la disciplina de Dios, de modo que resulta más práctico acatarla y administrar los pecados. Por poco no se refiere Jeremías a la lucha de clases, de hecho puso en boca de Cristo las siguientes palabras que bien podrían unirse al estribillo de La Internacional: «Practicad el derecho y la justicia, y librad al despojado de manos de su opresor». Igualmente arremete contra Jesús, a quien le recrimina «¿por qué te comportas como un viajero que sólo acampa para pernoctar? ¿Por qué procedes como un hombre aturdido?».

Jeremiadas, se dice de los lamentos excesivos, aunque también se denomina así a un tipo de texto –el libelo, la gaceta, el artículo periodístico– de trasfondo ideológico o moral y de tono más o menos airado. En este sentido, para buscarle un vértice genealógico a Marx, Nietzsche y Freud, cabe sustituir al Moisés pastoril por el Jeremías cronista, y de la misma manera, antes que duchampianos, los maestros de la sospecha fueron burroughsianos, especialmente porque todos ellos entendieron la escritura como una arma de destrucción selectiva, quizás convencidos de que entre las nuevas atribuciones del texto post-humanista, ése que debía despertar las consciencias dormidas, ya no estaba el proyecto virtuoso de esculpir la sensibilidad de lector, sino la idea de detonar zonas particulares de la opinión pública.

Si en algún momento existió la posibilidad de una «filosofía del uso», es decir, un pensamiento no solamente preceptivo, liberado de las ventajas de la distancia y a salvo del deterioro de la realización, hay que buscarlo en algunos escritos de los tres autores citados. Al mismo tiempo, si tuviésemos que otorgarle un eslogan a su «misión disangélica», según la denomina Sloterdijk, diríamos que todos ellos pretendieron fundar un desorden particular, erosionando los diversos marcos contractuales en el que se desplegó su ideología y, de igual modo, reinventando los límites donde hacer posible la disidencia y sus contradicciones.

Por ello, mientras llega esa segunda reválida lectora para Marx, Nietzsche y Freud, parece necesario «oírlos» nuevamente, algo que implica traer su música a otra parte y, más en concreto, llevarla a este sitio de la historia que llamamos el estertor del capitalismo occidental.

 

Publicado ESCRITURA - V. ROMA | No hay comentarios »

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