Valentín Roma

LA MACELLERIA DE CAROL RAMA – Valentín Roma (2014)

octubre 24th, 2015 by admin

Hay una especie de aseveración que suele aplicarse a los viejos pintores, a aquellos artistas que además de haber adquirido una inusitada facilidad, saben porqué y cómo funciona un cuadro. De ellos se dice que “tienen mucha pintura en las manos”.

Esta suerte de máxima resulta totalmente contradictoria, primero porque la pintura que aquí se señala no es en absoluto una condición material sino cierto tipo de encuadre, una óptica; segundo porque tampoco son las manos, el oficio, a lo que alude dicha sentencia, sino a los ojos, al saber o a la memoria del mirar. Diríamos, entonces, que este precepto expresa hasta dónde hay algunos pintores que cuando pintan lo hacen con la historia de la pintura acompañándoles, a través de aquellos cuadros y aquellos artistas que les enseñaron secretos, trucos y temas, como queriendo recordar con ello que hay artistas pintando a solas, mientras que hay otros que desempeñan su tarea en ruidosa multitud.

De Carol Rama podría argumentarse que siempre ejecuta sus obras rodeada de presencias fantasmagóricas, aunque también se debería admitir que muchas veces consigue espantarlas, quedando en medio de la estupefacción y un poco a la intemperie. Sin embargo, más allá de la dialéctica moralista entre el convocar y el ahuyentar, entre el repartirse y el replegarse, casi siempre ocurre un gesto verdaderamente drástico: sus personajes irrumpen dentro de las escenas viniendo de ningún sitio, se encarnan y ya es imposible desatenderlos.

La macelleria (1980) participa de todo lo que he escrito hasta el momento, pues es un lienzo que “tiene mucha pintura” en su interior, desde la tela del mismo nombre de Bartolomeo Passerotti –a la que quizás replica de una forma literal–, hasta La bottega del macellaio (1585) de Annibale Carracci, desde el Buey desollado (1643) de Rembrandt hasta el Despiece del cerdo (1645) de Isaak Van Ostade.

Pero, insisto, Carol Rama les injerta un cuerpo que llega de otro lugar, un rostro extranjero –en este caso el de ella misma–, que trae consigo lo improcedente, también otros marcos para continuar pensando.

En Fervor de Buenos Aires (1923) Jorge Luis Borges escribía acerca de las carnicerías de su barrio, “lupanares y aquelarres presididos por ciegas cabezas de vaca que tienen la majestad de un ídolo”. El poeta también tenía una gran cantidad de pintura en su imaginación, por ejemplo los cuadros de su compatriota Cesáreo Bernaldo de Quirós, también coetáneos de los años veinte, incluso las escenas de cocina medievales. Se trata, sin embargo, de imágenes paradójicamente elegantes, afeitadas de cualquier tipo de horror e hipócritas con la fealdad. No es el caso de Carol Rama, quien salta por delante de la historia de los artistas, convirtiendo a Marc Chagall y a su Le boeuf ecorche (1947) en una postal naïf, transformando en pompier al mismo Francis Bacon, quien no sólo colocó a Inocencio X con dos costillares sanguinolentos a las espaldas, sino que se hizo retratar en aquella famosa fotografía de John Deakin con unas medias reses en cada mano, el torso desnudo y no obstante atildado.

Más cercana a Norman Bates que a los pintores de bodegones antiguos, Carol Rama atraviesa las representaciones plásticas y cinematográficas de la carne, dejándonos un ejemplo del grado de terror que las personas somos capaces de asumir y de provocar, pues un cuerpo que irrumpe es también, es sobre todo, una violencia manifestándose, un rechazo frente a esa miseria que nos solicita “padecer” el mundo.

Pocas artistas más amorales que Carol Rama y, a la vez, pocas artistas que subviertan tanto las seriedades de lo real, sus órdenes calvinistas, su ausencia de voluptuosidad.

Si nos fijamos bien en La macelleria veremos que la pintora ha repasado los dientes del cerdo que ríe sobre la mesa de la carnicera, también los de ella misma. Una cabeza de caballo que parece añadida más tarde nos hace pensar, inevitablemente, en El Guernica (1937) de Pablo Picasso. Imágenes épicas y de dominación, la historia del arte como prosopopeya trágica, más cercana a la oficina de una funeraria que al santuario de una pornógrafa. Aún así, viendo esta maravillosa tela uno no puede dejar de pensar en cómo hay formas intempestivas de hacernos presentes que son frágiles y terroríficas, uno no puede sino recordar aquella frase de Thomas Hobbes que dice “la única pasión de mi vida ha sido el miedo”.

Efectivamente, esta suerte de sentencia, esta especie de máxima suena en la boca del filósofo como un gesto conclusivo, una alharaca de arrepentimiento. No obstante, el horror de La macelleria es de otra naturaleza, es la alerta de que también aquí reside el placer, que no sólo compartimos lo que queda al final, sino que comerciamos, entregamos y pedimos lo terrible, encontrándonos en sus despliegues, aterrorizándonos cuando se repliega.

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