Valentín Roma

SOBRE RUMORES, FANTASMAS Y DEMASÍAS – Valentín Roma (2013)

octubre 24th, 2013 by admin

De rabia rompí a reír

y luego me eché a llorar.

Lo más difícil del mundo
se estudia y se aprende bien
yo he estudiao tu cariño
y no lo he podío comprender
por eso sufro y lloro como un niño.

Fandango

 

Cuando Marx y Engels lanzaron su célebre proclama, ésa que dice “un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”, algunos pensaron que simplemente se trataba de una metáfora poética, quizás una ensoñación demasiado tremendista. Sin embargo, tal y como sucede con aquellas visiones que anticipan los tiempos por venir, resultó que tras estas ocho palabras quedaron anacrónicas numerosas formas de imaginar, o dicho de manera más directa: a partir de 1848 los fantasmas que residían en el Viejo Continente mudaron de repente su substancia, se descolgaron de los torreones góticos que los alojaban, abrieron las pesadas compuertas de los sótanos donde habían estado ocultos y, por último, dejaron de ser, sólo, aterradores.

Cabe señalar hasta qué punto los padres fundadores –acaso sin pretenderlo– le dieron a El manifiesto comunista un arranque intempestivo, como si fuese el inicio de una canción de The Damned o, mejor, la apertura de la Marcha fúnebre de Chopin. No obstante, dejando a un lado los símiles sonoros, lo cierto es que este famoso comienzo no podía ser más profanatorio en el sentido que Agamben le otorga a dicho término, pues efectivamente los fantasmas abandonaron el más allá y se mezclaron con la turba, aunque muy pronto fueron perseguidos por eso que llamamos, para abreviar, la legalidad.

El manifiesto narra entonces, antes que otra cosa, cierto poltergeist ideológico, la historia de un fenómeno sin explicaciones científicas. Pero es que los comunistas de antaño no se andaban con rodeos, todo lo contrario que sus sucesivos glosadores, quienes cada poco tiempo sacan a pasear aquello del fantasma que recorre el mundo y, a vista de pájaro, va desenmascarando entuertos a la manera de un Quijote alado, señalando justos y pecadores cual Virgilio aerodinámico.

En todo caso, según ocurre con todo lo que huele a marxismo, me parece que las mentes bienpensantes se quedaron dentro de la parte confortable y pintoresca o, para ser más exactos, dentro del simple plasticismo de la parábola sobre el espectro volador, cuando en el fondo Marx y Engels se referían a un espíritu con nombres y apellidos, el fantasma del comunismo.

Sin embargo, tuvo que venir Mark Lombardi, un artista con inclinaciones neurológicas y conspirativas, para recordarnos la potencia musical de las tesis comunitarias, para llamar la atención sobre esa idea según la cual el comunismo pudo haber funcionado como un rumor que silbó por el espacio político y mental de la vetusta Europa. Insisto en que nada de estribillos pop: según expresan las cartografías de Lombardi –que, dicho sea de paso, parecen diagramas donde se registra el ADN del mal–, las nuevas partituras y particiones geo-políticas nos lanzan a la cara –también a los oídos– una misma incógnita ya presente y ya implícita dentro de aquella primera frase de El manifiesto, “¿Quién demonios canta hoy La Internacional?”.

Nada nos impide fantasear con que acaso hubo un momento en que el comunismo fue un cotilleo musicado, una tonadilla secreta antes que una colección de ideas para cambiar el mundo. Desde esa perspectiva sonora se entiende mejor la metáfora fantasmagórica de Marx y Engels, pues quizás los dos pensadores “escucharon” la revolución antes de entenderla, como si una voz omnipresente les hubiese dictado el celebérrimo texto. También desde este horizonte polifónico El manifiesto deja de ser, sólo, una homilía triste o un delicado blues, huyendo de la rapsodia para instalarse en el rap, según señala Iván de la Nuez a propósito del encuentro entre el Ché Guevara y Jean-Paul Sartre.

Y es que el fraseo que esconde el sentido, las palabras secretas que enmascaran el significado, el cuchicheo que atraviesa el espacio público llenándolo de sobresaltos posiblemente configura aquello a lo que se refería Maurice Blanchot con la idea de un comunismo fundamentado en la ausencia de discursos, una comunidad inconfesable que administra sus propios enigmas para así sobrevivir. Y en una misma dirección Georg Simmel, a partir de su epopeya un tanto trágica sobre el secreto como vehículo de cohesión social, también estaba indicando esta correspondencia entre lo sagrado y lo “indecible”.

Porque si bien la proclama de Marx y Engels parece informarnos de un suceso, de un estado incipiente de la cuestión, en Blanchot y en Simmel lo comunitario pasa por una administración adecuada del sonido, por un evitar el silencio como categoría sacramental. No bastaba con saltar del tono periodístico o enunciativo hacia la poesía o el haiku: había que refundar el comunismo y, para ello, tenía que reconstruirse su propia orquestación, su musicalidad.

La propuesta comunista no articula un saber ni tampoco una ignorancia, una melodía o un protocolo, una liturgia. El requerimiento comunitario, el rumor de la comunidad, sólo seguirá escuchándose si es capaz de mantenerse enigmáticamente, como un zumbido impronunciable que está más allá del significado y de la consigna, que se encuentra dentro de nuestras cabezas

*

Cuando la realidad se ve exigida desde cualquiera de sus múltiples esquinas siempre hay alguien que dice, quizás para abrirle un hueco sentimental al poder o al tiempo, eso de que “la historia la escriben los hombres”. Sin embargo, semejante alegato a favor de la autoría de ciertos narradores –y un poco en contra de la libre distribución del saber, es decir, de la anarquía cognitiva e histórica–, no sólo excluye a otras y a otros escribientes posibles, sino que también, sobre todo, segrega hacia el plácido sitio de lo anómalo, de lo inaceptable, a quienes optaron definitivamente por permanecer ágrafos.

Y es que esos hombres que redactan la Historia son, igual que ella, una entelequia única, mayúscula e indivisible, o sea, son el Hombre que carece de apellidos reconocibles.

Cabe preguntarse, entonces, quiénes “sienten” la historia, quiénes la “padecen”, quiénes “agitan” sus ostentosas grafías para que de ellas caigan otras cosas distintas al discurso. Ahora me viene a la memoria aquel relato de Marguerite Duras, una especie de road movie estática, donde la escritora cuenta minuciosamente la muerte de una mosca, una “reina negra y azul”.

En ese ejercicio de quedarse atrapado, de perder los papeles ante un hecho tan intrascendente como resulta la agonía de un insecto, vemos que, verdaderamente, quizás el hombre mayúsculo escribe la Historia con caracteres góticos, pero que una de las mayores condiciones de las minúsculas historias –también de la propia realidad– es estar a la espera de sus respectivas escrituras, manifestarse como si vociferara, llamando a la caligrafía de alguien, al testimonio de quien sea.

Paradójicamente ese suceso de la mosca muriendo aparece en un libro de Duras que se titula Escribir y cuyo argumento digamos que es una circunvalación acerca de cómo el saber se nos escapa y lo apresamos y se nos escapa. Todo este texto posee cierto aire alegórico que, en ocasiones, resulta exasperante, sin embargo, el subtexto viene a decir algo muy sencillo y pertinente: las dos posiciones políticas que ciñen el mundo son el saber o el dolor, narrar o vivir.

A propósito de esto, Alain Badiou ha expresado recientemente una queja según la cual todos nos volvimos aristotélicos, desestimando cualquier atisbo platónico, o dicho con palabras un poco más vulgares, el pragmatismo se impuso como tendencia, arrasando a su paso toda intangibilidad. Pero estoy en profundo desacuerdo con el filósofo y, para ello, quisiera citar una oración, un salmo, una copla del gran José Lezama Lima, la cual dice así: “Ángel de la jiribilla, ruega por nosotros. Y sonríe. Obliga a que suceda. Enseña una de tus alas, lee: realízate, cúmplete, sé anterior a la muerte. Vigila las cenizas que retornan. Sé guardián del etrusco potens, de la posibilidad infinita. Repite:

Lo imposible al actuar sobre lo posible engendra un posible en la infinidad”.

El lector de El reino de la imagen (1981), el texto donde aparece este fragmento, realmente sabe que la criatura habría pronunciado dicha exhortación porque, unas líneas más tarde de oírla, el narrador responde: “ahora, ya sabemos que la única certeza se engendra en lo que nos rebasa”.

Efectivamente la verdad radica en el extremo y aquello que nos sobrepasa también nos prolonga, a pesar de que esto lo comprobemos más tarde, como una especie de epílogo conclusivo.

El problema de todo rebasamiento y de todo exceso –la cuestión que pretendo abordar a propósito de la falta de idealismo denunciada por Badiou– tiene que ver, por tanto, con el momento en el que lo inaudito golpea las cosas, con los sonidos que se escuchan tras este tropiezo y, en definitiva, con las maneras a partir de las cuales “permitimos” a lo imposible que opere en los dominios de lo hipotético, facilitando o impidiéndole que engendre posibilidades dentro de la infinidad.

Para ello, Lezama inventó un personaje mitológico –inquieto y desazonado– que debía portar consigo la promesa del desbordamiento, no obstante, para quienes albergamos la necesidad de que venga lo insólito a embestir cualquier solidez –y, sin embargo, no creemos en los ángeles, sí en los fantasmas del comunismo–, nos apremia saber cuáles son las rendijas por las que podrá colarse eso imposible, qué fisuras le indicaremos llegado el momento. O dicho de manera más frontal: a los que abrazamos el advenimiento de lo imposible no nos gusta esperar demasiado. Por eso, siguiendo la metáfora de Lezama, todos los lugares son lugares idóneos para que lo inaudito penetre, germinando en su interior la promesa del exceso. No hay –no puede haberlo– ningún sitio que permanezca a salvo de lo inconcebible y, del mismo modo, también podemos tener la fantasía de que lo imposible no llega desde ningún sitio sino que está aquí mismo, a punto de despertarse.

Permanecer en la parte acomodada del exceso, esperar su llegada redentora o, por el contrario, convertirlo en una figura retórica, en una sombra simplemente lírica, no parece suficiente cuando verdaderamente sólo puede salvarnos la demasía. Y en el polo opuesto, lamentar la desaparición de aquello que nos rebasa, bramar por su derrota y a la vez abjurar cuando en ocasiones aparece, ya sabemos qué réditos melodramáticos proporciona. Porque si de lo que se trata es de invocar el exceso quizás conviene abrirle algunos huecos, permitirle que despliegue sus desbordamientos sin reclamar después alguna compensación, sin lamentar los daños ocasionados.

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