Valentín Roma

TRES EJEMPLOS SOBRE LAS PARADOJAS DE INTERVENIR Y REPRESENTAR LAS TENSIONES DEL ESPACIO PÚBLICO – Valentín Roma (2013)

octubre 24th, 2013 by admin

 

El año 2002 se celebró la tercera convocatoria de Arte / Cidade[1], un proyecto de intervenciones urbanas que, bajo la curadoría de Nelson Brissac Peixoto, reunía en Sâo Paulo a artistas y arquitectos de todo el mundo.

Dedicada a Zona Leste –una enorme área urbana con altos índices de pobreza y delincuencia que se sitúa en la ribera este del río Tamanduateí–, aquella edición compiló veinticinco trabajos que investigaban la memoria, el presente y el futuro de esta zona de la ciudad, explorando de manera propositiva cuáles podían ser las estrategias para una mejor comprensión de las tensiones metropolitanas que la asolaban.

Entre los artistas que participaron cabe destacar a verdaderos “clásicos” en el tema de los conflictos urbanos, como Muntadas, Krzysztof Wodiczko, Vito Acconci y Dias & Riedweg, entre otros. De parte de los arquitectos fueron invitados algunos de los colectivos más activos del momento, por ejemplo Schie 2.0 y Urban Fabric, Atelier Van Lieshout y el Grupo Casa Blindada. No obstante, la propuesta que alcanzó mayor resonancia pública fue realizada por Rem Koolhaas en el edificio de Sâo Vito, un rascacielos de más de 100 metros de alto y 624 apartamentos, construido en 1959 por Aron Kogan.

Conocido popularmente como “Treme-Treme” (“tiembla-tiembla”), Sâo Vito inició a finales de los ochenta un lento proceso de degradación que culminaría casi veinte años más tarde, cuando las condiciones de mantenimiento mínimas desaparecieron y, sobre todo, en el momento que una parte importante de sus viviendas fueron ocupadas por el negocio ilegal de las drogas y la prostitución.

Tras analizar las condiciones de vida de sus inquilinos, así como las características morfológicas del edificio, Koolhaas planteó un proyecto que trataba de favorecer los vínculos vecinales y, a la vez, impulsar la reinserción de Sâo Vito en su entorno urbano inmediato. Para ello, propuso construir un moderno ascensor –relacionado con los tres originales que un día existieron– que dinamizaría el rascacielos desde lo privado a lo público, desde abajo hasta arriba y desde dentro hacia fuera[2].

No obstante, los habitantes paralizaron la intervención del arquitecto holandés, esgrimiendo su derecho a permanecer invisibles e incomunicados, lo que sin duda preservaba un grado de invulnerabilidad que en otro caso hubiese sido difícilmente sostenible.

Finalmente, el año 2004 el ayuntamiento de Sâo Paulo decide expropiar esta “favela vertical” y, a pesar de la fuerte oposición ciudadana, Sâo Vito es demolido de forma definitiva en 2011.

¿Qué conclusiones podemos extraer de este caso de estudio?

En su libro Culturas híbridas[3] Néstor García Canclini señala cierta cuestión que creo importante recordar aquí: toda hibridación es un proceso complejo y lleno de sobresaltos, que elude lo homogéneo y que en absoluto puede entenderse como definitivo. Por otra parte, en la misma fragilidad de lo híbrido se manifiesta una de sus principales condiciones, esto es, la hibridación no registra los lugares en los que una cultura, una lengua o una serie de manifestaciones colectivas se entremezclan, sino los sitios donde esas mismas culturas, lenguas o expresiones comunitarias se resisten a ser hibridadas y bloquean todo contacto con el exterior.

De alguna manera, esta mirada al “negativo” de los mecanismos de hibridación, es decir, a los conflictos de lo híbrido en lugar de a sus éxitos, a los procesos interrumpidos en vez de a sus propias soluciones, permite comprender mejor el ejemplo de Rem Koolhass en Sâo Vito, donde efectivamente el arquitecto proponía una interfaz que favoreciese la mescolanza, dibujando hipotéticas transferencias entre lo personal y lo colectico, sin embargo, ante esta “invitación” a hibridarse, los vecinos del rascacielos respondieron con una beligerante negativa, algo que no cabe entender, sólo, como un rechazo a la posible impostura de Koolhaas, sino como un documento drástico de las tesis de Canclini, según las cuales la historia de la hibridación es, sobre todo, la memoria acerca de aquello que lucha por quedarse dentro de su propia autarquía.

Insisto en que este caso de Koolhaas para Arte / Cidade 2002 no me parece tan elocuente por atestiguar que ciertamente la realidad rebasa cualquier intento de administrarla. Al contrario, pienso que el proyecto del ascensor para Sâo Vito manifiesta un tema de mayor calado, el cual podría formularse desde la siguiente pregunta: ¿cómo se trabaja con la hostilidad inesperada, con la intransigencia de un campo de estudio que desestima toda tentativa a ser analizado?.

Quizás la principal dificultad que hallamos al explorar la problematización no es tanto comprender el alcance de ésta o hallar un lugar desde el cual abordarla, sino cómo nos inmiscuimos dentro de esa misma tesitura problemática, de qué manera desdibujamos los afueras y los adentros del antagonismo. Porque, en efecto, no existen dos esferas políticas separadas, una la del análisis y otra la de las fricciones, de ahí que la tensión desde la cual se expresa lo hostil sea el mismo argumento, el tema y el paisaje de todo proyecto crítico, y no tanto un episodio conclusivo.

Existe una tentación, tal vez desaforada, por resignificar el desacuerdo, por resituar la disconformidad y por reencauzar el enfrentamiento, no obstante, todos estos mecanismos tienen en común que de algún modo sortean o evitan la naturaleza rebelde de aquello que están investigando, prefiriendo manejarse entre imágenes estáticas del conflicto, postales que no sólo favorecen el exotismo cultural, sino también cierta idea higiénica, vagamente humanista, acerca de qué significa toda intervención dentro de las fricciones colectivas.

Por otra parte, volviendo al ejemplo de Sâo Vito, conviene señalar que acaso uno de los principales “malentendidos” que afectaron a la propuesta presentada fue desatender el carácter ficticio de cualquier injerencia en el espacio vital de la ciudad. Así, seguramente Koolhaas superó el problema etnográfico de una excesiva identificación, pero sin duda incurrió en un error “tecnológico” de verosimilitud, ofreciendo una maquinaria hostil y alienante, demasiado productiva, para quienes debían utilizarla.

En este sentido, digamos que la ficción del proyecto poseía un ritmo diferente a la de los vecinos de Sâo Vito y que en esa falta de sincronía, en esa deficiencia de compás, también se descompensaron los intereses de cada uno. A esta falta de continuidad lógica se le llama, en el ámbito cinematográfico, un fallo de racord, y bien podríamos plantear que cierta parte significativa de las actuaciones de “salvamiento” ejecutadas sobre el entorno público adolecen de esta misma errata, es decir, constituyen fallos de racord urbanos.

Con esta idea sobre el carácter ficticio de toda intromisión en el patrimonio simbólico colectivo quisiera llegar a un segundo ejemplo que considero igualmente elocuente. Se trata del rascacielos residencial Ponte City, situado en el barrio de Hillbrow de Johannesburgo.

Esta torre cilíndrica de 173 metros de altura y 54 pisos, construida por Mannie Feldman, Manfred Hermer y Rodney Grosskopf en 1975, vivió un proceso de degradación similar al de Sâo Vito, instalándose en su interior, después del fin del apartheid a mediados de los noventa, una gran cantidad de bandas que lo convirtieron en un icono asociado al deterioro urbanístico y a la delincuencia.

En 2007 David Selvan y Nour Addine Ayyoub, desarrolladores de la Ayyoub Company, compran el edificio y promueven una ostentosa campaña mediática de inversión en lo que denominan “New Ponte”. Su objetivo era dirigirse a una nueva clase media ascendente –profesionales jóvenes negros y gente de negocios de todo el continente africano–, fascinada con el estilo de vida urbana típica de Manhattan. Selvan y Ayyoub, brokers muy populares en Johannesburgo, incluso intervienen en el nuevo proyecto arquitectónico, rediseñando algunas plantas a partir de temas delirantes, como “Future Slick”, “Old Money” y “Glam Rock”, entre otros.

En 2008, con la caída de Lehmann Brothers y la consecuente crisis económica mundial, la Ayyoub Company entra en quiebra, por lo que abandona el proyecto de rehabilitación, dejando como rastro una nueva capa de ruinas, aún visible en los numerosos letreros y gráficos que anuncian “New Ponte”, los cuales configuran, de paso, una metáfora perfecta sobre las ambiciones y desastres del sistema financiero contemporáneo.

Cabe señalar, sin embargo, que a diferencia del edificio de Sâo Vito, Ponte City ha conservado más o menos intacta su indudable fotogenia, personificada por el gigantesco anuncio circular que envuelve las últimas plantas, propiedad de la compañía de telefonía móvil Vodacom, líder en Sudáfrica. Prueba de ello es que el conocido director de cine Danny Boyle anunciase en el 2007 la realización de un thriller en el famoso rascacielos circular. Por otra parte, las secuencias finales de la película de ciencia ficción District 9, dirigida por Neill Blomkamp y producida por Peter Jackson, que se estrenó un año antes de la FIFA World Cup de 2010, transcurren en el impresionante interior hueco de Ponte City, el cual ni siquiera tuvo que retocarse digitalmente para dar el aspecto de ruina gótico-futurista.

Por último, ya en el caso que nos ocupa, el fotógrafo sudafricano Mikhael Subotzky, ayudado por al artista británico Patrick Waterhouse, ganó el premio Discovery del festival de fotografía Rencontres d’Arles 2011 con un proyecto titulado Ponte City, donde presentaba una instalación de cajas de luz que incluía infinidad de imágenes del edificio y de sus habitantes, mostradas a modo de mosaico objetual[4].

Observando las fotografías hechas por Subotzky, que recuerdan a los grandes panópticos de Andreas Gursky –sólo que aquí los individuos son retratados aisladamente, junto a colecciones de ventanas, puertas, rejas o televisores–, uno tiene la impresión de haber sido abducido por un zapping interminable, atrapado dentro de algún canal histriónico de Nollywood.

Todas las imágenes poseen un dramatismo elegante y técnico, casi irreal. En el texto que acompaña al proyecto, el fotógrafo insiste sobre los sueños de los habitantes de Ponte City, acerca de una especie de melancolía romántica que parece haberse apoderado de todo el lugar. No obstante, también él afectado por una suerte de consternación levemente indignada, entre las palabras de Subotzky se filtra cierta compasividad un tanto paternalista, eso que Susan Sontag definió como la atracción por el dolor de los otros.

Pero no quisiera enjuiciar las intenciones morales de este archivo de instantáneas sobre la ruina, la miseria y los efectos del capitalismo económico, pues lo que considero más paradójico es el simple montaje desde el cual fueron realizadas.

Conviene aludir aquí –otra vez, cómo no– a Walter Benjamin y a su idea según la cual una fotografía es, fundamentalmente, aquello que sucede fuera del enfoque y que, por tanto, para contar la historia de las imágenes hay que acceder al inconsciente de la vista, algo que no puede lograrse a través del relato o la crónica, sino por medio del montaje interpretativo.

En esta misma dirección, refiriéndose a los célebres cuatro negativos de Auschwitz, Georges Didi-Huberman ha dicho que son imágenes pese a todo[5], es decir, fotografías a las que no se les pueden eliminar sus condiciones técnicas particulares o sus vicisitudes formalistas sin manipularlas hacia algún horizonte ideológico inesperado.

De este modo, Didi-Huberman parece reivindicar justo lo opuesto a las instantáneas de Ponte City: una restitución del valor testimonial de la fotografía a partir de su misma e involuntaria retórica formal. Por el contrario, los abigarrados montajes de Subotzky utilizan esa misma intencionalidad tecnológica no sólo por cuestiones efectistas, sino de alguna manera para adentrarse, como a través de un túnel protegido, por el interior de la existencia de estas mismas personas, esquivando las problemáticas que parecen estar encarnando ellas, igual que ese hueco vacío y cilíndrico que atraviesa Ponte City y sin embargo –y pese a todo no logra concretarlo, no consigue representarlo por completo.

La tendencia a esencializar los conflictos sociales, transformándolos en eslóganes misericordes, ha generado un buen número de iconografías plásticas y de discursos simplemente extáticos que observan el antagonismo desde la veneración o desde la iconoclastia. Así, algunos artistas, por ejemplo Subotzky, se nos aparecen como espectadores cautivos y nada emancipados –parafraseando el título de un libro de Jacques Rancière[6]–, es decir, como visitantes beatos de sus propias prácticas instructivas y un tanto colonialistas.

Según señala el mismo Rancière, podría argumentarse que a pesar de las evidentes diferencias, los proyectos de Sâo Vito y de Ponte City representan un equívoco malogradamente clásico en numerosas intervenciones que poseen una dimensión política, esto es, la sospecha de que el arte o la arquitectura pueden salir de sus perímetros disciplinarios, frecuentar el conflicto, mezclarse con él y después regresar al gueto donde residen habitualmente para, desde ahí, observar las consecuencias y los efectos de su misma interacción.

Y es que, insisto, todo es política –“tout est politique”, como proclamaba la conocida sentencia de Mayo del 68– o, dicho de otra manera, lo político no puede visitarse transitoriamente sino que, de forma inevitable, se vive dentro de él.

Precisamente este posicionamiento, narrado por la poetisa polaca Wisława Szymborska en uno de sus textos más excepcionales, “Hijos de la época”, donde se lee: ““Somos hijos de nuestra época, / y nuestra época es política. / Todos tus, mis, nuestros, vuestros / problemas diurnos, y los nocturnos, /son problemas políticos”, lo recuerdan Ángela Bonadies y Juan José Olavarría en una entrevista a propósito de su proyecto La Torre de David, el trabajo que me gustaría tomar como tercer y último ejemplo sobre las cuestiones que estoy señalando[7].

Así, basta acercarse a la amplia actividad desarrollada por esta propuesta, que aglutina textos, exposiciones, dibujos, piezas escultóricas, talleres, líneas de investigación, etc., para comprobar hasta qué punto La Torre de David se halla en las antípodas de un tipo de intervención postmoderna como las de Sâo Vito y Ponte City, a pesar de enfrentarse a problemáticas urbanas parecidas e, incluso, a edificios con unas connotaciones y una fisonomía similar.

De entrada podríamos decir que el trabajo de Bonadies y Olavarría no rechaza en sus despliegues eso que Víktor Shklovski llamaba el “extrañamiento”, es decir, una inclinación a desactivar aquellos automatismos ideológicos y representativos que, de forma invariable, conducen hacia el estereotipo. De ahí que los artistas venezolanos operen dentro de “un relato que vulnera los límites entre ficción y realidad y entre significados tan básicos como amparo-desamparo, seguridad-inseguridad, pared-cortina, ventana-vacío”, según alertan ellos mismos, lo que supone trabajar en el interior de un territorio con perímetros fluctuantes, el cual rechaza ser abordado desde alguna supuesta ejemplaridad.

En este sentido, La Torre de David atestigua que existe un camino intermedio entre la intervención paternalista y el exotismo con el que a veces se contemplan las problemáticas colectivas, entre el rescate heroico de cierta autenticidad a punto de perderse y los diversos safaris frívolamente antropológicos.

Porque en la aproximación de Bonadies y Olavarría a las condiciones de vida de la Torre, a las estructuras de poder y a la propia morfología vertical del edificio no cabe ver, en modo alguno, la búsqueda de un sitio estratégico desde el que explotar visualmente el rascacielos, sino un ejercicio de compilación acerca de toda la densidad ideológica, de todos los elementos pesados que en él se dan cita. Precisamente me refería a esto cuando aludí a la extrañeza, a ese distanciamiento brechtiano que La Torre de David parece revisitar como si fuese una metodología de trabajo, una forma no tanto cautelar sino reflexiva de recolectar indicios, informaciones, testimonios y desacuerdos para, desde ellos, atravesar las contingencias más simplistas y llegar hasta la raíz de la presente situación.

Dicen los artistas que “la Torre es un perfecto icono de los últimos treinta años de Venezuela: desde la promesa modernizadora desde el capital, a la promesa revolucionaria desde el Estado”, y es señalizando esa resistencia del propio edificio para ser, sólo, patrimonio de unos u otros, en esa propensión a reclamarlo como éxito o como fracaso, donde Bonadies y Olavarría remarcan un conjunto de fisuras, una colección de entretantos que invitan a traducir, mediante los dispositivos del arte, cuáles son las vicisitudes actuales del edificio de David Brillenbourg, hoy ocupado por la cooperativa “Casiques de Venezuela”, y, sobre todo, cómo las prácticas antagonistas y comunitarias pueden argumentar puntos de fricción, horizontes propositivos que también acojan las más infranqueables paradojas.

Una de las principales tareas del arte es promover nuevos regímenes para lo pensable, nuevas formas de imaginación política que destruyan los acuerdos totalitarios, que permitan otorgarle un espacio expresivo y de desarrollo a las complejidades de la vida y de lo real. Pero, ¿cuáles son las herramientas que pueden sostener los artistas para que estas tensiones no permanezcan, simplemente, en el vago territorio de la representación crítica?

Maurice Blanchot escribió que una comunidad sólo puede sobrevivir y creerse a sí misma cuando administra los lenguajes que la nombran, cuando se hace inconfesable[8]. Por el contrario, Jean Luc Nancy dijo que es en la ausencia de un patrimonio, en la desobra[9], donde las comunidades se fortalecen, pues no tienen nada que venerar o proteger más allá de sus propios vínculos, de su propio estar en común. No obstante, acaso ambos filósofos sólo trataban de otorgarle un nombre adecuado a todo aquello que se escapa cuando estamos juntos dentro de una misma violencia, cuando residimos en mitad de la tensión.

La Torre de David es un proyecto que parece invitarnos a pensar que quizás el arte no deba ocuparse sólo de escuchar las ficciones que nos narran el mundo conflictiva, incontrolada y caóticamente, que posiblemente las prácticas artísticas deban perder la distancia preventina o elegante, dar un paso al frente y “responder” a las exigencias de estos relatos donde se nos arrojan imágenes distorsionadas, palabras contradictorias. Sin esta voluntad de réplica el antagonismo deriva en una suerte de surfing por los atolladeros de los demás, una manera higiénica de segregar a éstos hacia los numerosos arrabales de la moralidad con el fin de contemplar cómo se desenvuelven allí, aceptando que nunca perseguirán su rebeldía y, sobre todo, que jamás vendrán a pedirnos contestaciones, responsabilidades.

No obstante, como persistentemente han enunciado Bonadies y Olavarría, el principal peligro de ese falso agenciamiento respecto a la disputa que reside en el otro lado es cierta pleitesía deformadora y su consecuente populismo, lo que el geógrafo español Francesc Muñoz ha denominado “urbanalización”, un término que alude a cómo las representaciones heroicas y efectistas de algunos artistas refuerzan que la ciudad acabe convertida en decorado acrítico y pomposo, en el atrezzo preferido por políticos y urbanistas sin demasiados escrúpulos.

Finalmente, me gustaría recordar, a propósito de La Torre de David, la película de Agnès Varda titulada Les glaneurs et la glaneuse, donde la cineasta traza una historia ideológica e íntima en torno a la salvaje economía capitalista de la abundancia y la precariedad, visitando para ello la existencia de una serie de individuos que espigan los alimentos que otros desechan.

El film termina de manera muy poética, cuando Varda consigue sacar de los sótanos del pequeño museo municipal Paul-Dini, en Villefranche-sur-Sâone, un cuadro del pintor Edmond Hédouin que lleva por nombre Glaneuses à Chambaudoin (1857). Este lienzo recrea una escena muy extraña, la de un grupo de espigadores corriendo con sus haces de trigo sobre la cabeza, antes de una tormenta. Por un azar del destino, cuando las responsables del museo enseñan el cuadro ante la cámara, en uno de los patios al aire libre de la institución, las ráfagas tormentosas azotan la superficie de la tela, como si éstas hubiesen salido desde el fondo de la obra y también acuciasen a las tres mujeres allí congregadas. A diferencia del célebre lienzo de Jean-François Millet sobre el mismo tema, donde las espigadoras se afanan concienzudamente en la labor de la recolección, las jóvenes de Hédouin parecen emanciparse de su tarea, ayudándose unas a otras e, incluso, riendo al ser rociadas por las primeras gotas de lluvia. Así, frente a la representación moralista del esfuerzo individual y el trabajo alienante, vemos la repentina solidaridad suscitada alrededor de lo comunitario, cierta sensación de estar abandonando el reparto de los roles y las jerarquías sociales asignadas.

Ese tránsito –siempre problemático y nunca homogéneo– que va desde la instantánea bucólica hasta la imagen de un conjunto de mujeres organizándose de otro modo, ese trayecto entre la postal tranquilizadora y el documento que registra un proceso de desorden es el lugar al que parece atender La Torre de David, un proyecto donde Bonadies y Olavarría también espigan las contradicciones y las fisuras de una situación llena de opacidades, una propuesta que prefiere atender desde dónde llega la tormenta y con qué fuerza golpeará a quienes residen a la intemperie, en lugar de inventariar cómo éstos posarán ante la delicada mano del artista, delante del ojo, a veces cínico, de la cámara.



[1] Consultar http://www.pucsp.br/artecidade/indexp.htm

Arte / Cidade desarrolló tres certámenes articulados temáticamente: “Cidade sem janelas” y “A cidade e seus fluxos” (1994), “A cidade e suas histórias” (1997), y finalmente, “Zona Leste” (2002).

[3] Néstor García Canclini: Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad, Paidós, Barcelona 2001

[4] Consultar http://www.subotzkystudio.com/ponte-city-dwt/

[5]  George Didi-Huberman: Images malgré tout, Minuit, París 2003 [Imágenes pese a todo, Paidós, Barcelona 2004]

[6] Jacques Rancière: Le spectateur émancipé, La Fabrique éditions, París 2008 [El espectador emancipado, Ellago Ediciones, Castellón 2010]

[7] Consultar http://latorrededavid.blogspot.com.es/

[8] Maurice Blanchot: La communauté inavouable, Minuit, París 1984 [La comunidad inconfesable, Arena, Madrid 2002]

[9] Jean-Luc Nancy: La communauté désoeuvrée, Christian Bourgois, París 1983 [La comunidad desobrada, Arena, Madrid 2001]

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