Valentín Roma

EL ARTE DE HACER UN MUNDO – Valentín Roma (2014)

marzo 28th, 2014 by admin

 

No pruebo ni demuestro nada a propósito de los textos que narran la pintura, simplemente remuevo sus aguas.

Jean-Louis Schefer, Choses écrites (1988)

 

La irrupción de Penélope en mitad de La Odisea constituye una especie de encogimiento abrupto respecto al desarrollo narrativo de la gran epopeya clásica. Homero interrumpe las hazañas del héroe y el frenético suceder de un viaje sin llegada mediante este personaje que, a diferencia del resto, apenas se desplaza por unos pocos espacios físicos, practicando una suerte de fértil inmovilismo. En este sentido, Penélope trae consigo lo inapropiado y dinamita con ello la agitación habitual de la travesía épica. Sin embargo, resulta sorprendente hasta qué punto el poeta elude cualquier tipo de plasticidad para trazar el dibujo de la joven mujer, es más, prefiere asemejarla a un corte discursivo, una figura lingüística o un recurso de la propia escritura. Y es que alrededor de Penélope parecen reunirse tres delirios diferentes: uno, el de otorgarle al tiempo una substancia real y un valor productivo; otro, el de frenar los materiales de la cronología, por último, el mismo delirio psicológico de la espera, todos ellos fijados dentro de una sola imagen, la de la esposa tejiendo y destejiendo la mortaja de Laertes, su suegro.

Sin duda es acertado observar en Penélope una metáfora exacta y  perversa de la pasividad impuesta por los sistemas patriarcales a la mujer, no obstante también cabría decir que la esposa de Odiseo recrea sobre su persona una ceguera absolutista, una ausencia de visión que nada tiene a ver con lo óptico y sí con cierto apagón respecto al estado de las cosas y hacia los consensos que articulan el mundo. De este modo, Penélope se rebela contra unas formas de abnegación pero, sobre todo, contra cualquier rebeldía, de manera extemporánea y anacrónica a la vez, pues en su gesto habita tanto la antigua ataraxia cínica como el futuro cinismo nihilista.

En el poema “Esto ocurrió”, C. K. Williams describe a otra joven brillante y hermosa, que apoyada en el marco de la ventana del colegio durante el descanso entre clases, al ser alertada por un profesor –en tono condescendiente y bromista (“ten cuidado, puedes caerte”)–, toma una decisión inesperada, un impulso o un capricho, y sin dudarlo, sonriendo, se deja caer al vacío abandonando el mundo y abandonándose mientras esto ocurre, acaso sólo por habitar una última vez dentro de sí misma.

Dos mujeres jóvenes separadas por miles de años pero unidas a partir de un ademán drástico y de intensas connotaciones políticas, el de precipitar la espera y el de precipitarse hacia el interior del abatimiento y el coraje.

¿Qué dejaron de ver ambas cuando una fijaba la vista sobre sus manos tejiendo, mientras el mundo sucedía ahí afuera; cuando la otra se impulsaba hacia el suelo con los ojos cerrados, tal vez esperando el beso eterno y hueco de lo inasible?

* * * *

Con la obra En cinta, que forma parte del conjunto titulado Armadura (2012), Alex Francés parece recoger el dictado de Penélope y el dictum de la joven estudiante de C. K. Williams. El artista llama “armas” a los nueve objetos que articulan la serie, e igual que hizo Homero con su personaje, esta denominación no atiende a la morfología de las diferentes piezas, sino al hecho de que ellas encarnen cierta posibilidad de apertura, que sean potencia y, más aún, potencia desorbitada.

Hay una tradición no escrita, muy popular entre las mujeres manchegas, que consiste en hacer distintas colchas a lo largo de sus vidas, unas para sus respectivos hijos mientras están embarazadas, otras para alguno de sus muertos durante el tiempo que se mantiene el luto. En ambos casos la duración de los trabajos está establecida de antemano: nueve meses en el primero y 365 días en el segundo. Asimismo, el objetivo de estos productos –que por cierto suelen hacerse en ganchillo–, también es común: para los hijos les acompañará en su viaje hacia la fundación de un hogar propio, como parte de la dote matrimonial; para los difuntos les estará esperando dentro de sus armarios, cuando algún día los necesiten y vuelvan a recogerlos desde el otro mundo.

Estas dos travesías, desde la nada a la vida y desde la otra nada hasta este mundo, bien podrían responder a eso que Alex Francés llama, a propósito de los dos objetos de En cinta, “engramas”, es decir, estructuras neuronales activadas por la excitación del sistema nervioso, como si los desplazamientos de la transcendencia reapareciesen convertidos en simples tics, en vibraciones únicamente epidérmicas.

Desde mi punto de vista, en el trabajo de Alex Francés habitan tres grandes desafíos que se expresan inaplazablemente. Uno es el deseo de aventura, un ímpetu sin los rigores épicos o ejemplares del heroísmo, un impulso liberado de cualquier sexualidad y, por ello, todo él libidinosidad completa e indetectable. Otro es la atracción hacia aquello que estira el tiempo: cuerpos extenuados de placer, como diría Marguerite Duras, o cuerpos aprendiendo del dolor, según el verso de Adrienne Rich; manos atrapadas en algún lugar entre la labor y la violencia; ojos que sueñan oscuros desbordamientos pero que narran las breves torsiones de un objeto realizado en ganchillo. Y finalmente hallamos el deslumbramiento por lo ingrávido, por aquello que ahueca la pesadez de cualquier sentido, que reclama atención desde el fondo de las ideas sólo sobrias, sólo retóricas.

Vemos entonces –vemos aquí– que en la obra de Alex Francés se dan cita todas las encarnaciones aludidas hasta el momento, Penélope tejiendo y destejiendo las horas, la jovencita de C. K. Williams que irrumpe y atraviesa el vacío, así como el mismo Homero atrapado en medio de un asombro.

Clément Rosset, quizás el único filósofo que ha escrito sobre sus propias depresiones, lanzó hace más de cincuenta años un concepto, lo trágico, que sintetiza todo lo que estoy tratando de decir, aviniéndose perfectamente a los despliegues suscitados por el proyecto 8 cos enganxat. Así, el pensador francés plantea como fundamento para un sentir de la tragedia dos paradojas: el goce y la moral, es decir, la aceptación de la felicidad en contra de los abundantes motivos que uno tiene para hundirse en la desesperanza, y la resistencia a aceptar la realidad, por poco deseable que ésta sea.

Más allá de las mecánicas particulares de uno y otro, lo que me interesa de Rosset, y donde creo que se encuentra con el trabajo de Alex Francés, es que ambos proponen una interpelación de aquello que nos está sucediendo sin escaparse hacia ningún sitio, entendiendo que hay cierta nobleza universal y democrática dentro de lo trágico, que tal vez la única manera lúcida de estar en el mundo es reconocerse dentro de cada una de sus imperfecciones, permaneciendo junto a cada uno de sus desastres.

La sencillez estructural de los objetos de 8 cos enganxat no constituye, insisto, un logro formalista, sino la enunciación de ciertas preguntas impetuosas, lanzadas con fuerza hacia este otro lado: ¿cuánta de esa sencillez estamos dispuestos a digerir nosotros, quienes en modo alguno somos sencillos? ¿qué grado de estructuración podemos aceptar mientras abrazamos todas las desestructuras?

Ante una cuestión de dimensiones tan enormes sólo queda, quizás, bordear la utilidad de la palabra, pasearse por los perímetros de las cosas y de sus funciones. Y esto mismo es lo que explica Alex Francés con ese texto donde relata cómo fue produciéndose el proyecto 8 cos enganxat, un escrito que, siguiendo a Clément Rosset, posee el mismo estatuto trágico que los objetos fabricados, coloreados y dispuestos sobre diversos soportes. Porque esa memoria narrativa que se lee como si fuese    una confesión y, más aún, como una de nuestras características confusiones, parece tener en su horizonte no ya la verdad sino cierto ardor escandaloso e irrenunciable.

Hay formas de escritura que se imponen la ceguera a modo de un antídoto contra cualquier  deslumbramiento, sobre todo si éste procede de aquellas lucciole, de aquellas luciérnagas en las que Pasolini creía ver el fuego a punto de extinguirse pero aún vivo del pueblo. Hay maneras de afrontar el arte entregadas a la búsqueda de la virtud, a la persecución de un virtuosismo que posiblemente ensanchará la piel del mundo, dejando como saldo una orografía de simas, cicatrices y cumbres para que algún hombre las conquiste por primera vez o nuevamente. Sin embargo, como decía Anne Sexton, y como parecen suscribir los objetos de Alex Francés, “Our hand are light blue and gentle. / Our eye are full of terrible confessions”, es decir, nuestras manos son una luz azul suave y nuestros ojos están llenos de confesiones terribles. O dicho de otra forma: a veces todas las máscaras caen al mismo tiempo, sin que después se produzca nada extraordinario, pero ¿quién le ofrece su rostro a esta realidad que ha quedado reducida a unas líneas fundamentales, quién le entrega su mirada a las cosas?

 

* Texto realizado para el catálogo de la exposición 8 cos enganxat de Alex Francés, La Virreina – Centre de la Imatge (28 marzo – 1 junio 2014)

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