Valentín Roma

NO TENER FIRMA – Valentín Roma (2013)

enero 3rd, 2013 by admin

Vista desde la lejanía histórica, la biografía de Charles Maurice de Talleyrand puede considerarse, ya, como una suerte de parábola sobre la dimensión metafísica y política del documento, acerca de la naturaleza necesariamente espectral de la burocracia.

En este sentido, las aventuras y desventuras de “le Diable Boiteux” –según le llamaban quienes habían leído El diablo cojo, la sátira de Alain-René Lesage inspirada en El diablo cojuelo de Luis Vélez de Guevara– sobrepasan el simple travestismo ideológico para configurar, insisto, un posible régimen a partir del que entender cómo operan las diversas instituciones públicas y privadas, ya sea el estado, el derecho, la familia o la personalidad.

Porque Talleyrand pasó gran parte de su vida entregado a la intriga, la lujuria y la escritura, tres actividades que, literalmente, absorbieron su existencia. Fue intrigando con la iglesia católica, con la Asamblea Nacional de Francia, con el Imperio Napoleónico y con Luis Felipe I, como consiguió atesorar cargos de relevancia y honores públicos durante cinco regímenes distintos. Fue su talante lujurioso quien le rescató de una segura pero anodina carrera eclesiástica, que seguramente sólo le hubiese otorgado cierta celebridad local. Fue gracias a su desmedida pasión por escribir que de su mano salieron centenares de tratados, alianzas y acuerdos diplomáticos, así como una infinidad de apostillas y enmiendas legislativas que transformaron la famosa égalité en algo parecido a un vasto poema experimental, una enorme epopeya administrativa.

Todo hombre de estado lleva dentro suyo un pequeño Talleyrand y todos aquellos individuos ufanos, que se autoproclaman liberales, continúan el rastro indeleble de este gran conspirador. La Europa sin fronteras, esa que tan bien administra la lapidación, tiene entre sus padres fundadores al sacerdote, político y estadista más sibilino que ha dado nunca Francia, a pesar de que el país donde nació la enciclopedia le haya apartado, por cuestiones relacionadas con el decoro, de ser uno de sus hijos ilustres, uno de sus súbditos más venerados.

Pero dije antes que la biografía de Talleyrand contradice el carácter etéreo de eso que Franz Kafka llamaba “los pilares invisibles del sistema”. Para demostrarlo, a modo de ejemplo, puede servirnos el siguiente dato: durante su dilatada trayectoria política, el diablo cojo llegó a tener cinco pasaportes distintos, tres expedidos por Danton, Napoleón y Luis XVIII, respectivamente, así como otros dos más falsificados por él mismo. No es extraño, por tanto, que en los ambientes exquisitos de París se le conociese con el nombre de “L’Évêque de la Copie”, el Obispo de la Copia, un apodo que certificaba su notable creatividad para la suplantación documental y que, de paso, le convertía anticipadamente en el prototipo exacto del ciudadano contemporáneo, ese individuo que arrastra consigo nicknames, números fiscales, passwords, alias y demás modalidades identitarias.

Hace poco Roberto Esposito publicó un libro titulado El dispositivo de la persona donde de alguna manera relee, en clave ideológica, pesimista y global, esa propensión de Talleyrand a ser fundamentalmente, antes que un sujeto, una sucesión de envolturas burocráticas.

Este breve texto, escrito como si se tratara de un diálogo entre el autor y un acompañante algo tímido, termina con un cita de Simone Weil que bien podría constituir cierto epílogo catastrofista, una especie de advertencia bíblica. Dice así: “lo que es sagrado, muy lejos de ser la persona, es lo que en un ser humano resulta impersonal. Todo lo que es impersonal en el hombre resulta sagrado, y sólo eso”.

Efectivamente, asistimos al espectáculo de la disolución del individuo desde cualquiera de los diversos palcos de lo real, no obstante, aunque Esposito defienda que the show must go on, resulta extraño pensar que la función continuará fuera del escenario y, más aún, que seguirá allí arriba, en los dominios sacramentales. Sin duda un católico de verdad, por ejemplo José Bergamín, le hubiese contestado al filósofo italiano y a Simon Weil que el hombre es el mayor disparate de Dios.

Pero volvamos a El dispositivo de la persona y a la idea de lo impersonal, que aquí se trata como una segunda naturaleza, un reverso o un sombra aflorada por la construcción de la política. Cabe señalar cómo esta relectura de las imposiciones del fatalismo se ha convertido en todo un género para el pensamiento ideológico, el cual parece tomar carrerilla a partir del “no”, es decir, acomodándose plácidamente en la retaguardia.

Sin embargo, podríamos comprender la frase de Weil desde un punto de vista diferente, donde lo impersonal no sería tanto el coincidentia oppositorum del sujeto, una caricatura o una copia exacta –aunque copia al fin y al cabo– de la persona. Tal vez podríamos pensar que el sujeto no es el original y que su versión en el otro lado no es la nostalgia de éste, sino que aquello que se dirime en dicho juego de identificaciones, en estos trasiegos de la identidad vaciándose y llenándose en otros lugares, no es más que una mecánica de reproducción y, más aún, la forma de desarrollo de los individuos.

Tomemos un ejemplo vulgar para explicarnos mejor estas cuestiones. Uno de los momentos fundamentales en la adquisición de la identidad social de las personas aparece cuando éstas conforman su propia firma. Se trata de un rito que carece de cualquier relación con lo iniciático, es decir, no se adquiere después de procesar aquello que el mundo nos ofrece o que la experiencia configura, sino antes de todo contacto, desde una especie de aislamiento, como una permanente expectativa.

En este sentido, la firma construye una identidad digamos que suplementaria, hasta el punto que podría señalarse –seguramente de manera un tanto delirante–, que la firma da forma a eso que Simone Weil llamaba lo impersonal y que en la firma también hay algo de eso que ella denomina lo sagrado.

Igualmente, y por oposición, uno de los instantes esenciales de la rebelión del sujeto contra sí mismo, de la insurrección “personal” ante los sucesivos órdenes colonizadores y frente a la misma idea de pertenencia, se manifiesta cuando uno decide cambiar su propia firma. He aquí un gesto –un primer acto– de desapropiación que, siendo esencialmente ideológico, no tiene nada que ver con lo político y sí con ese despliegue hacia el juego de identidades, copias y originales al cual me refería anteriormente.

Diversos pensadores, entre ellos el mismo Roberto Esposito, así como Santiago López Petit y Marina Garcés, entre otros, han explorado el desafío que supone “desapropiarse, exponerse, alterarse y ponerse fuera de sí individual y colectivamente”, pues fuera de sí, además del malestar y del no reconocimiento respecto al mundo, está el anonimato, un lugar de encuentro desde el que reformular la pregunta sobre el nosotros.

Pero insisto en señalar que la cuestión del anonimato y el consecuente avance de lo común, al menos como lo expresan estos filósofos, se desarrolla mediante una lógica que aún no se ha liberado por completo del impulso dialéctico, a partir de una dicotomía esencial que opone autenticidad e inauténtico, original y copia, genuino y adulterado. Y precisamente ahí es donde resulta más difícil discriminar cuánto hay de moralización en este conjunto de aproximaciones teóricas, hasta qué punto preferir lo auténtico implica un acto de fe o, por el contrario, abrazar lo fraudulento significa permanecer arrinconado, dentro del cinismo.

¿No tener firma sería, entonces, una manera radicalmente literal de desocuparse, de politizar la vida? ¿Cambiar de firma supondría, quizás, abrir una fisura en la identidad, retomar la gestión de lo impropio precisamente en lo que se considera más propio? Y, por último, ¿a quién pone nombre la firma, la cual nos acompaña, aportando un rasgo particular, durante toda nuestra odisea social, financiera y creativa?

Al hilo de estas cuestiones viene a la memoria, cómo no, El mercader de Venecia de William Shakespeare, y más específicamente la escena que desencadenará la trama argumental de la obra. En ella aparecen Antonio, Shylock y Bassanio caminando por una plaza pública de la ciudad de los canales, antes de visitar la casa de cierto notario local, donde se hará efectivo un préstamo de tres mil ducados. El diálogo transcurre vertiginosamente, entre ofertas y contraofertas financieras, como si fuese la cháchara de unos brokers sobreexcitados. En mitad de las diversas opiniones, el prestamista Shylock plantea la redacción de un pagaré que, “a manera de broma” y en caso de incumplimiento, obligue a Antonio a entregarle una libra de su propia carne, “que podrá ser escogida y cortada de no importa qué parte del cuerpo”.

Esta delirante penalización que el usurero judío propone al rico mercader veneciano y a su amigo, el noble arruinado Bassanio, da forma a una de las primeras manifestaciones antisemitas de la historia. Sin embargo, uno de los aspectos más inquietantes del texto shakespeareano es que, a pesar del apabullante protagonismo del pagaré firmado –tal vez el “personaje” principal de la obra– jamás se lee su contenido, y eso que el drama posee un tono judicial digno de las películas de abogados de Billy Wilder o de Sydney Lumet.

En 1972 el poeta chileno Nicanor Parra publicó, bajo el formato de una serie de tarjetas postales, ese conjunto de sentencias poéticas, dibujos y pensamientos que llevan por nombre Artefactos, los cuales ofrecen una visión histriónica y lúcida del “estado” del hombre y de las ideologías. Lo he recordado aquí porque, aparte de Clément Rosset, Parra es el gran lector de Shakespeare en nuestros días y porque me atrevería a decir que el conjunto de su poética constituye una fabulosa, radical y exhaustiva plática con el padre de Hamlet y Lady Macbeth.

Hemos escrito acerca de la copia y el original, sobre la firma y las finanzas, sobre Talleyrand y sobre Simone Weil. Al hilo de todas estas instancias, de estos ethos, según diría Homero, conviene rememorar uno de los Artefactos de Nicanor Parra.

Se trata del dibujo de una orla floreada, muy parecida a las que sirven para acoger retratos familiares o las caras de personajes ilustres. Sin embargo, en su interior no hay ningún individuo, sino una “simple” suma, quizás una transacción económica que dice “2+2=4”. Hasta aquí nada extraño, una chanza más del anti-poeta. Pero ya he dicho que los Artefactos hablan acerca de cómo los hombres se pelean con las ideas. Seguramente por eso, en el lugar donde debería haber un nombre, quizás un título, acaso una firma, se leen las siguientes tres palabras: “ACTO DE FE”.

 

Publicado ESCRITURA - V. ROMA | No hay comentarios »

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