Valentín Roma

SEGUNDA HISTORIA NO EJEMPLAR – Valentín Roma (2012)

noviembre 7th, 2012 by admin

Cada mañana, a eso de las ocho, la parada de metro Marcel Sembat escupe una bocanada de estudiantes apenas perfumados, quienes caminan hacia el Instituto de Psicología de la Universidad René Descartes, en París.

Los alumnos de primer curso suelen conversar apasionadamente sobre la última clase impartida por el doctor François Marty, mientras que los más veteranos llevan en sus mochilas el célebre libro Manuel de psychiatrie, al que llaman, con extravagante cercanía, “Le Ey”.

Manuel de psychiatrie es un manuscrito de casi cuatro mil páginas que acabó de escribirse un domingo sin sol de 1959, en la Terminal Sur del aeropuerto de Orly, después de que a su autor, Henri Ey, se le impidiera subir al avión que debía llevarle hasta Narita, en Tokio. Más o menos por esas fechas, Gilbert Bécaud compuso una canción, llamada Domingo en Orly, que narraba los sueños aéreos de un joven oficinista.

El Manuel de psychiatrie, que los estudiantes de psicología franceses llaman “Le Ey”, pretende ordenar todas y cada una de las enfermedades mentales que afectan a los individuos. Repito: todas las enfermedades que apremian a las personas, sea cual sea su origen, su condición social y su lugar de residencia.

Este tratado adopta la fisonomía y el estilo narrativo de un archivo e, igual que aquél, posee numerosas páginas en las que aparecen mapas conceptuales muy complejos, clasificaciones en forma de árbol que se subdividen interminablemente.

No obstante, la gran aportación del profesor Henri Ey reside justamente en lo contrario, es decir, la principal originalidad de Ey estriba, precisamente, en su extrema simplicidad.

Por ello, el Manuel de psychiatrie plantea una teoría inaceptable y revolucionaria, según la cual todos los problemas que percuten la mente humana son, en el fondo, simples variaciones de una única alteración mental.

Las patologías documentadas por  “Le Ey” resultan inabarcables, sin embargo hay una de ellas especialmente sugerente, se llama “delirio crónico sistematizado” y hay una gran cantidad de individuos que la padecen sin saberlo o que la padecemos sabiéndolo. Se manifiesta cuando uno construye de manera global un universo lógico que, no obstante, es sostenido mediante preceptos iniciales totalmente falsos, sobre auténticos embustes.

Afectado, quizás él también, por un delirio estetizante, Henri Ey bautizó este cuadro clínico con el nombre de Síndrome de Frégoli, realizando así un pequeño homenaje a Leopoldo Frégoli, el actor teatral italiano que, a finales del siglo XIX, se hizo célebre por su capacidad para el transformismo.

Desde hace veinticinco años la figura del curator genera animadversiones de todo tipo. Se me ocurre pensar que tal vez se deban a su etimología terapéutica, es decir, a la función curativa que a todo curador se le supone.

Siguiendo a Henry Ey quizás podríamos invertir los términos y atender a la vertiente patológica del curator, a su capacidad para ofrecer delirios de forma crónica y sistematizada.

A falta de que aparezca una Enciclopedia del delirio o, en su defecto, un pequeño Manual de curadoría, propongo a los museos de todo el mundo que se conviertan en instituciones hospitalarias, que acojan, en la blancura de sus salas, delirios curatoriales imprevistos, ideas para ser quemadas, exposiciones sin curator o tesis curativas sin exposición.

Pues ya lo dijo el viejo Beuys: “cualquier persona puede ser artista, pero sólo los que habitan en la cuarta cornisa del Purgatorio pueden ser curators”.

 

 

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