Valentín Roma

PRIMERA HISTORIA NO EJEMPLAR – Valentín Roma (2012)

noviembre 4th, 2012 by admin

Los primeros versos del celebérrimo poema de Walt Whitman titulado “Song of Myself”, esos que dicen: “Me celebro y me canto a mí mismo. / Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti, / porque lo que yo tengo lo tienes tú / y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también ”, han sido entendidos, hasta el momento, como una perfecta manifestación del hombre extasiado por la vida.

No obstante, al menos en tres ocasiones, estos versos fueron leídos con motivo de tres funerales diferentes, todos ellos dentro de iglesias apenas perfumadas, como los estudiantes de primer curso de psicología de París.

La primera vez fue durante el entierro de Harris Glenn Milstead, más conocido como Divine, quien yacía dentro de su ataúd, las cejas mal depiladas y con pestañas postizas, presidiendo el altar de la pequeña parroquia de Towson, en Maryland.

Casi al final de la ceremonia, ante la sorpresa del cura local, John Rothermel, la cantante de The Cockettes, se levantó de entre los asistentes y dirigió sus tacones hacia el púlpito de madera. Allí, cuando todos esperaban lo peor, aclaró su voz tenebrosa y pronunció los versos de Whitman que antes he recordado.

La segunda vez fue durante el sepelio del artista James Lee Byars, que tuvo lugar en la Iglesia de San Sergio, en el barrio copto de El Cairo, donde dicen se refugió María, José y el niño Jesús cuando, perseguidos por Herodes, huían hacia Egipto.

El entierro de James Lee Byars fue una ceremonia silenciosa, a imagen y semejanza del propio artista. Por supuesto Byars no dijo nada, ni tampoco su amigo Joseph Beuys, muerto once años antes. Tampoco pronunció ni una palabra Nam June Paik, quien habría apelado al célebre silencio oriental como forma de homenaje, de dolor y de entropía.

Sólo habló, por tanto, uno de los asistentes, el lenguaraz comisario de exposiciones memorables Harald Szeemann, quien antes de declamar el poema “Song of Myself” recordó una impertinente anécdota de infancia del muerto.

Parece ser que el padre de Byars era un auténtico fanático de Samuel Beckett. Esta pasión desmedida por el dramaturgo explicaría el castigo impuesto a su hijo James, a quien obligó a representar, él solo y en el comedor de su casa, durante veinticuatro horas seguidas, la obra de teatro Fin de partida, donde uno de los personajes principales, un sirviente de nombre Clov, sufrió la condena más terrible de todas: no podía sentarse jamás.

La tercera y última vez que alguien pronunció en un funeral los conocidos versos: “Me celebro y me canto a mí mismo. / Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti” fue en 1942, con motivo de la muerte de Tina Modotti, la gran fotógrafa italiana afincada en México. Nadie salió entonces a recitar el poema de Whitman, pues no había, entre los asistentes, ni cantantes drag queen ni comisarios de arte.

De hecho fue un cura de provincias quien ofició el sepelio y quien leyó entero, con voz grave, “Song of Myself”. Y además recordó a Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, los dos inmigrantes italianos ejecutados en Massachusetts en 1927, los cuales eran, según el propio sacerdote, “anarquistas igual que Whitman, que Tina Modotti y que el mismísimo Jesucristo”.

Después de estas palabras, la fila de autoridades que presidía el funeral abandonó la iglesia antes de tiempo. Mientras enfilaban la puerta de salida por un pasillo alargado, que olía a dalias y cera ardiendo, el órgano comenzó a tocar el Réquiem en re menor de Mozart.

Publicado ESCRITURA - V. ROMA | No hay comentarios »

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