Valentín Roma

SOBRE LA RISA, LA ALIENACIÓN Y EL DINERO – Valentín Roma (2012)

noviembre 3rd, 2012 by admin

En El arte de escribir sin arte Felipe Alaiz nos legó una frase hermética, un pensamiento tras el cual parece cerrarse, mediante un ostentoso portazo, la historia entera. Dice así: “no es el hombre quien debe hablar como un libro abierto, sino el libro abierto quien debe hablar como un hombre”. Efectivamente, existen individuos transparentes, traslúcidos antes que lúcidos; y del mismo modo hay textos que se acaudillan en el estilo, creyendo que el mejor antídoto contra la imperfección humana es, quizás, la exactitud de la gramática.

Sea como fuera, en la sentencia de Alaiz la incógnita más apremiante no consiste en definir cómo hablan los hombres o los libros, sino qué cosa es lo abierto.

Giorgio Agamben ha explorado esta misma cuestión en un texto que parece responder al escritor libertario. Se titula Lo abierto. El hombre y el animal, y arranca con la célebre idea de Alexandre Kojève según la cual los hombres, al final del tiempo histórico, vuelven a ser animales que cohabitan sin guerras, sin revoluciones y sin filosofía.

Regresar al principio, podríamos decir, llegar a la ausencia de la palabra mediante palabras, como un escrito que va desnombrándose, igual que un cuadro que pierde su solidez y se hace insólito, abstracto.

George Bataille también se refirió a este estado epigonal donde la religión afectaría intensa y constitutivamente a los individuos, donde la muerte sería mirada con pasividad e indiferencia. Todos los valores desaparecerían entonces y sólo el dinero conservaría su carácter simbólico, su función estructural.

Podemos imaginar exactamente ese mundo habitado por animales derrochadores, por monedas vivientes o por seres vivos entregados a la lujuria del gasto, carentes de la urgencia por conquistar el tiempo, el espacio y el lenguaje, acaso sólo espoleados por la risa. Así nos veían Kafka y Quevedo, por ejemplo, el primero desde cierta ternura alucinada, el segundo asomándose a la ventana de la moralidad.

Mirando hacia ese mismo sitio, Robert Bresson intentó filmar, con su película L’Argent, cómo un billete falso circula por lo real desenmascarando sortilegios éticos, del mismo modo que aquel ciudadano manchego –también una versión ciertamente adulterada–, quien recorrió el mundo para indagar sobre los posibles efectos de la bondad, utilizando el pretexto de haber sido enajenado por unos cuantos folletines caballerescos.

Porque, aunque pueda parecer descabellado, la road movie de Alonso Quijano no resulta demasiado distinta de esa otra bildungsroman pecuniaria registrada por Bresson: uno y otro, el hombre loco y el billete falso, se desplazan a través de la ausencia de valores y de la falta de valor; ambos casos, el del sujeto trastornado y el del objeto hechizado, persiguen adquirir, infructuosamente, cierta condición propia.

Hablábamos antes de la risa, del carácter emancipador de ésta. No resulta extraño, por tanto, la extrema seriedad de Don Quijote y el gesto circunspecto que arrastran todos los personajes de L’Argent, pues parece improbable abandonarse a la hilaridad cuando hay tanto “en juego”. De todas formas, reír es un ejercicio que algunos asocian de manera exclusiva a la juventud, a la vejez y especialmente al arte. Bueno, algunos no, quizás sólo Friedrich Nietzsche y Michel Foucault, quienes, de forma paradójica, han sido leídos demasiado en serio –insondablemente en serio–, justo lo contrario que el Quijote de Cervantes.

La risa acompañó a los artistas desde siempre y el arte entró en la modernidad con un sonido de fondo hilarante, igual que esas ráfagas de carcajadas enlatadas que suenan al final de un mal gag televisivo. En este sentido, las cosas han cambiado bien poco: reír continúa siendo el principal utensilio hermenéutico para evaluar la estética, de ahí que a muchos las risas que provoca el arte les parezcan vulgares e insultantes, y que unos pocos celebren la jocosidad como una forma de resistencia política.

En cualquier caso falta por hacer cierta genealogía artística de lo hilarante, una especie de segregación dialéctica que discrimine el modo bajo el cual se agrupan los artistas frente a la risa, de qué manera reír ha sido un objetivo o, por el contrario, un accidente, un error de lectura.

Quería hablar sobre la emancipación de todo aquello que nos aliena y, para ello, me parece adecuado recordar un cuadro famoso de Pieter Brueghel el viejo, que lleva por nombre Paisaje con la caída de Ícaro. Esta obra fue pintada en 1558, dos años antes de que el políglota emperador Carlos V abdicara a favor de su hijo Felipe II, un monarca paranoico, cruel e iletrado. Dicho acontecimiento sería, a la postre, el detonante de la Guerra de los Ochenta Años, que terminó con la independencia de lo que hoy se llaman los Países Bajos, entonces conocidos como el Imperio español.

En 1558, a pocos kilómetros del taller de Brueghel y tras conocerse la noticia de que Carlos V ha muerto, un grupo formado por calvinistas y nobles locales comienzan a fraguar la insurrección contra el rey de España, sin embargo, al artista parece importarle muy poco este suceso, incluso diría que ni siquiera Ícaro le interesa demasiado, pues mientras éste se ahoga el mundo sigue su curso: un agricultor labra la tierra, un pastor mira al cielo, un pescador dormita en la orilla y una embarcación surca, parsimoniosa, la bahía tranquila de un mar sin nombre.

En este sentido, ¿no podríamos acusar a Brueghel de faltarle el respeto a la historia, de desatender la atmósfera de tensión bélica que se gestaba a su alrededor? ¿Acaso no se podría decir de este cuadro incomprensible, hermético para sus contemporáneos y para nosotros, que prefiere la anécdota del lenguaje en detrimento de la hondura del relato, que tratando de violentar la representación de los temas tradicionales adopta una óptica superficialmente conceptual?

A pesar de lo que opinen muchos hipocondríacos, el arte no solucionará las ansiedades de esta época nuestra ni las de todas las épocas anteriores. De hecho, jamás los artistas solucionaron algún tipo de ansiedad, y cuando lo intentaron pronto les atravesó una grandísima inquietud, o se convirtieron en portavoces ostentosos de la banalidad, o se enredaron a encarnar valores ridículamente heroicos.

Sólo quienes piensan el arte de forma beata, como una actividad evangelizadora, pueden creer que entre los cometidos de éste reside el de emancipar a los individuos y protegerles de su alienación; sólo quienes participan estoica y pudorosamente de los diversos órdenes públicos y privados enarbolan, contra los artistas, la bandera de la decepción, como si las “decepciones estéticas” fuesen más inaceptables que aquellas decepciones mediante las cuales adquirimos una experiencia sobre lo real, como si la misma realidad no fuese un conjunto de expectativas decepcionantes, como si no aprendiésemos, única y exclusivamente, desde la decepción.

Por el contrario, el arte nos ofrece un registro, un mirage donde se refleja el modo en que los individuos y el mundo se desatienden, se contradicen y, en definitiva, pierden su tiempo explorando posibles huecos de conocimientos, hipotéticos lugares desde los cuales hacer de otra manera. Algunos verán en esto una apología de la excentricidad, otros creerán que se trata de una idealización narcisista o que desatiendo el papel transformador de la estética: seguramente todos sentirán una profunda decepción. No obstante, me estoy refiriendo a la política, a los ademanes políticos que el arte agita, a las fugas en la identidad promovidas por los artistas, al sitio en el que la alienación es contrarrestada mediante actos –hechos y no ideas–, que son también alienantes o que, al menos, nos sacan fuera de sí, incomodando el lugar del consenso donde habita nuestro lenguaje, donde habitamos nosotros mismos.

Pero regresemos a Brueghel.

Dos poetas distintos, William Carlos Williams y W. H. Auden, observaron en el cuadro sobre Ícaro esa ataraxia del mundo respecto a lo terrible que señalaba anteriormente, la cual aparece personificada por el barco que surca la pintura, quien, viendo a un hombre desplomarse desde el cielo, “tenía que llegar a algún lugar, y siguió navegando mansamente”, según nos relata Auden en su poema “Musée des Beaux Arts”.

La tragedia épica de un héroe mitológico y el desastre de la guerra a punto de acontecer, Brueghel perfilando la reposada espuma del mar con un pincel de tres pelos y, al mismo tiempo, cerca de allí, los soldados hambrientos de Guillermo de Orange especulando sobre quien morirá el primero. Y en mitad de todo esto la chusma, un pescador, un pastor y un labriego que permanecen afanados en sus tareas productivas: ¿no será la alienación una forma de frenar la trituradora de la historia, de hacer pausible el tiempo de las alegorías, de alienar, incluso, a aquello que nos aliena?

Publicado ESCRITURA - V. ROMA | No hay comentarios »

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