Valentín Roma

Retrato del futbolista adolescente – 1

julio 21st, 2011 by admin

Desde 1994 me he desmayado cuatro veces por distintos motivos, dos por estrés laboral o por preocupaciones derivadas del trabajo y otras dos por consumo masivo de estupefacientes y alcohol.

En todas las ocasiones, un momento antes de caer al suelo, vino claramente a mi cabeza una escena vivida en mayo de 1989, unos cuantos meses después que se desplomase el muro de Berlín.

Estábamos once chavales saliendo por el túnel que une los vestuarios y el césped del estadio Santiago Bernabeu. Había una luz amarillenta que nos iluminaba los rostros, también amarillos por el miedo. Al fondo, la potencia de los focos hacía que pareciese de día, aunque eran las ocho de la tarde. Alguien se salió de la fila y se acercó al césped. Veíamos su silueta recortarse contra la bocanada de luz, mientras se peinaba el pelo con las manos, hacia atrás. Luego ese alguien regresó a la fila y dijo, gritándonos a la cara, “tíos, hay más de tres cuartos de entrada”.

Calculé mentalmente y pensé “unas cuarenta mil personas”. El mismo alguien se colocó detrás de mí y me susurró al oído “tío, hay casi sesenta mil almas”.

El entrenador gritó que nos callásemos y nos concentráramos.

Noté como si el escroto se me encogiese a cámara lenta. Otro alguien dijo, muy flojo, “creo que me estoy cagando, creo que tengo que ir al lavabo a cagar”.

El delegado dio un chillido que pretendía ser una arenga para animarnos. Nadie le respondió.

El público botaba en sus asientos y todo el estadio palpitaba. El pulso de mis sienes se acompasó, incomprensiblemente, a los botes de los espectadores.

“Vamos al campo muchachos, que esta noche os jugáis el futuro de vuestros hijos y de vuestras mujeres”, dijo el entrenador. La mayoría de nosotros tenía dieciocho años.

Empezamos a trotar por el túnel amarillento hacia el césped recién regado. El alguien que quería ir al lavabo se paró en seco, delante de mí. Se puso un momento en cuclillas y dijo “no puedo, no puedo”. El entrenador se acercó a su lado y le chilló “vamos, no me hagas esto, vamos no seas maricón”.

Se había abierto una gran distancia entre los ocho jugadores que avanzaban hacia el centro del campo y el alguien que estaba en cuclillas, siendo insultado por el entrenador. Detrás estaba yo.

Sentí una nueva encogida en el escroto y, sin pensarlo, le dí una bofetada en la cabeza a mi compañero. Me miró con gesto de odio. Sentí que quería abrazarle y darle un beso. Le dije que yo también me estaba cagando. Se levantó y comenzó a correr hasta unirse a la fila que ya estaba con los brazos en alto, dando pequeños saltos sobre el césped recién regado, en medio de la luz.

Me quedé muy quieto durante unos breves instantes. El entrenador me pegó un puñetazo en el pecho y me gritó “espabila”. Entré al campo notando claramente la marca de sus nudillos en el esternón. Corría un poco de viento y tenía unos cuantos grumos de su saliva en las mejillas.

*

Después de los primeros cuarenta y cinco minutos regresamos al vestuario. El alguien que se estaba cagando agachó la cabeza y comenzó a llorar. El delegado nos dijo “ánimo chicos que aún falta un mundo”. El entrenador gritó “sois unos mierdas, mi hija de tres años tiene más huevos que todos vosotros juntos”. El alguien que se quedó quieto en cuclillas y no quería saltar al campo seguía llorando, cada vez más fuerte, dando unos suspiros hondos y nerviosos, como si estuviese a punto de quedarse sin respiración.

Pedí permiso para ir al lavabo y nadie me contestó.

“Creo que me he roto, mister, tengo el tobillo violeta”, se oyó decir.

El fisioterapeuta cargó una jeringuilla con un líquido transparente.

Regresé del lavabo justo en el momento en que don Jesús Gil entraba en el vestuario, dándole patadas a las botas que uno de nosotros había dejado en el suelo, llamándonos maleantes, vividores e inútiles.

El fisioterapeuta escondió rápidamente la jeringa y se puso a palparme la rodilla. El presidente le empujó a un lado y vino hacia mí, gritándome a escasos centímetros de la cara “o espabilas y empiezas a moverte o te mando a tu puta casa, catalán de los cojones”. El aliento le olía a cuba libre y tenía una gran cantidad de puntos negros en la nariz.

Me acordé de mi padre recibiendo de Gil medio millón de pesetas en billetes de cinco mil, los tres sentados en el salón de una casa a las afueras de Madrid, flanqueados por dos colmillos gigantes de elefante que se aguantaban sobre un pedestal de mármol verde, con un cuadro gigantesco a las espaldas de la mesa presidencial.

“¿Ese cuadro es de Goya?”, recuerdo que dije entonces. “¿Qué?”, respondió mi padre. “Sí, efectivamente, eso de ahí es un Goya auténtico. Hay que ver. Estos catalanes siempre tan observadores y tan quisquillosos. Sí, es un Goya de verdad”, dijo Jesús Gil.

“Los chavales nacieron en Cataluña, pero yo soy manchego”, trató de precisar mi padre. “Buena tierra ésa. Aunque por quien acabo de pagar medio millón de pesetas es por éste, por otro Jordi. ¿No os llamáis todos jordis allí arriba?”, dijo Gil. “Yo no me llamo Jordi, me llamo Valentín y mis compañeros me dicen Michel”, puntualicé. “Pues a partir de ahora te llamaré Jordi o catalino, como crea oportuno”, sentenció el presidente.

Mi padre no dijo nada y se guardó el dinero en el bolsillo.

*

“No sabéis con quien os la estáis jugando, atajo de vagos. No tenéis ni puta idea de que os pasará a todos vosotros si no salís ahí fuera y arregláis esto. Sois una banda de paralíticos y os voy a enviar en paquete certificado a vuestros pueblos de mierda. Volveréis para convertiros en mecánicos, en carpinteros o en albañiles. Con suerte alguno tendrá una tienda de ultramarinos pero como no solucionéis esto el fútbol se ha acabado para todos vosotros. ¿Me habéis oído bien, me cago en vuestra puta madre? ¿Me has oído bien Jordi, catalino de mierda?”

Minutos después entró el delegado con cara de miedo y dijo “faltan cinco minutos”. Me levanté para ir de nuevo al lavabo. “¿Es que te has pasado la noche comiendo monchetas catalanas, joder?”, gritó el entrenador.

“Va a lavarse los dientes”, le contestó un compañero, “es que nos da suerte que Michel se lave los dientes en el medio tiempo”.

Publicado ESCRITURA - V. ROMA, RETRATO DEL FUTBOLISTA ADOLESCENTE | No hay comentarios »

Deja un comentario

Please note: Comment moderation is enabled and may delay your comment. There is no need to resubmit your comment.