Valentín Roma

La pregunta del testimonio y las preguntas de Xavier Antich

junio 17th, 2011 by admin

En un texto reciente[1], Xavier Antich se interroga de forma particularmente intensa sobre la cuestión del testimonio. Y digo se interroga de manera literal, pues su escrito comienza con un pelotón de preguntas que, al tratar de contestarse, desembocan sucesivamente en nuevas cuestiones.

Esta escritura –y este “sonido”– fueron definidos por Maurice Blanchot con las siguientes palabras: “Interrumpirse para escucharse. Escucharse para hablar. Y, finalmente, hablando sólo para interrumpirse y hacer posible la imposible interrupción[2]”.

Como siempre sucede con el pensador francés, sus frases resultan casi incomprensibles e, incluso, paradójicas, pues aludiendo a la interrupción, se encuentran en un libro titulado La conversación infinita (1969).

Saco a propósito a Blanchot porque es tal vez, junto a Jorge Semprún –sobre quien gira el texto–, Emmanuel Lévinas y Primo Levi, también Robert Antelme y Giorgio Agamben, los individuos convocados por las interrogaciones de Antich: una pequeña y poderosa comunidad de voces, un diálogo polifónico e infinito, podríamos decir.

Están estos autores y podrían estar otros, como Dionys Mascolo, Vadim Kozovoï, Marguerite Duras, Julien Gracq o Raymond Abellio. Estaría, sin duda, Vladimir Jankélévitch, a quien he recordado insistentemente mientras leía el texto, aportando su voz “imprescriptible”.

Pero no esto lo que querría destacar del ensayo de Antich, sino la primera pregunta propuesta por el autor: “¿Por qué la cuestión del testimonio es, sin duda, la cuestión esencial de nuestro tiempo?”. A lo que me gustaría responder con dos interrogaciones: ¿por qué la cuestión de los “otros” testimonios, el testimonio de quienes estaban en el lado de allá del horror, carece de un rostro y por lo tanto permanece abierta? ¿por qué se nos evitó el testimonio de la confesión?

Lévinas recordaba que en la cara del Otro mirándonos se lee –se oye– un imperativo sobre el que fundar todo un proyecto completo de justicia: “¡No me matarás!”. Sin embargo, ¿qué dice un rostro que ha desleído y ha desoído y que, por lo tanto, responde: “voy a matarte”, “te he matado”?

Jean-Luc Godard criticó de manera furibunda a Claude Lanzmann por aquella famosa escena de Shoa (1985) en la que Abraham Bomba, el barbero de Treblinka, detiene por unos instantes su alocución y le dice a la cámara, con el gesto desencajado, que no puede seguir hablando. En medio del silencio, las tijeras sin parar de emitir sonidos nerviosos, se oyen las palabras del propio Lanzmann presionándole, casi obligándole a continuar diciendo.

Godard –y también Georges Didi-Huberman– se han referido a esta secuencia como una especie de interrogatorio, como la persecución por parte del director de una imagen sólo ilustrativa y literal, una imagen carente del estatuto del documento, una imagen que es todo opinión y donde no hay espacio para el testificación.

Efectivamente, la cuestión del testimonio es una cuestión fundamental en nuestro tiempo, por eso mismo convertirla en un trasunto sobre qué régimen otorgarle a las imágenes supone, de alguna forma, recuperar el discurso hipocondríaco –e intercambiable– de la legislación visual, algo que estamos convirtiendo en una tendencia ante todo lo que nos apremia, ante aquello que no comprendemos o que nos ofrece una complejidad insoportable: un reflejo de la pereza crítica.

Hace dos años escribí un texto titulado “La comunidad inconfesable”, igual que el libro homónimo de Blanchot, donde fantaseaba con la posibilidad de que cuatro libros diferentes, La comunidad desobrada de Jean-Luc Nancy, La comunidad inconfesable de Maurice Blanchot, El dolor de Marguerite Duras y En torno a un esfuerzo de memoria de Dionys Mascolo, todos ellos publicados en un brevísimo período de cuatro años, entre 1983 y 1987, pudiesen estar ofreciendo, cada uno desde sus particulares perspectivas, un posible diagrama integral e inexacto sobre la idea de comunidad, acerca de un posible comunismo de la escritura, el arte y la vida.

Hermetismo, alteridad y negación, unidos a la “verdad” que parecían destilar estas cuatro escrituras; ahí creí observar cierto territorio reflexivo desde el que pensar lo colectivo, el existir entre nosotros.

Seguramente, si antes de escribir este texto hubiese leído el de Xavier Antich mi perspectiva hubiese sido otra, pues allí donde vi claramente un proyecto comunitario tal vez hubiera observado un programa para lo inconfesable.

Sobre esta cuestión de lo no dicho, recuerda Antich la escena en la que Jorge Semprún visita la casa de la vecina que residía detrás del campo de Buchenwald para preguntarle –otra interrogación– si “al atardecer, cuando las llamas desbordaban la chimenea del crematorio ¿veían ustedes las llamas del crematorio?”. No espera Semprún la respuesta de la señora y creo que es ahí, en esa falta de respuesta, donde se produce la primera desgarradura a la que el testimonio vuelve una y otra vez.

Es improbable que la respuesta de la vecina añadiese “algo más” al horror que estaba expresando la sola presencia de Semprún en aquella casa; es improductivo quedarse a escuchar o, incluso, forzar la contestación. Obviamente la pregunta de Semprún es el horror, pero sólo una parte de éste, pues la otra queda aún por definir, queda pendiente de ser expuesta.

El programa de inconfesabilidad de Blanchot, el lugar donde lo indecible se encuentra con el testimonio, colocándolo como cuestión fundamental, como cuestión de nuestro tiempo, creo que implica recuperar todos los testimonios y todas las figuraciones, las de este lado del horror y las de aquél.

Si, como ha recordado en diversas ocasiones Antich, el relato de los campos de concentración nazis parte de una experiencia incompleta, pues quienes pudieron contarlo no llegaron hasta el fondo del horror, ya que sobrevivieron, posiblemente ese final al que no llegaron los sobrevivientes, esa parcialidad de sus testimonios narrando un trayecto de lo terrible pero no lo terrible en su integridad, quedaría completado –quien sabe si exorcizado, atenuado o, simplemente, visto– con aquellos relatos de quienes sí estaban en ese final, quienes eran, ellos mismos, el final.


[1] Xavier Antich: “La cuestión del testimonio. Notas para un diálogo a cuatro voces y una impugnación, la de Jorge Semprún, a Martin Heidegger” en Xavier Pla (ed.): Jorge Semprún o las espirales de la memoria, Edition Reichenberger, Kassel 2010

[2] Maurice Blanchot: L’Entretien infini, Gallimard, París 1969, p.187.

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