Valentín Roma

Elías

junio 12th, 2011 by admin

El 23 de febrero de 1981, a las once y cuarto de la mañana, Elías convenció a su profesora de inglés para que le enseñara un pecho. Recordaba exactamente la hora porque un momento antes de pedírselo miró el reloj y observó que se había parado. No podían ser las ocho. Un rayo de sol casi blanco entraba por la ventana y toda la clase olía al mismo sudor de pies.

Fue todo muy rápido, apenas unos instantes. Ella se levantó de su mesa, caminó hacia la entrada del aula y apoyó el cuerpo contra la puerta, para evitar que alguien pudiese abrirla. En el patio se oyó un balonazo contra una persiana. La profesora de inglés cogió el pomo con una mano y con la otra se agarró el escote del jersey, tirando de él hacia abajo. Como tenía los pechos muy grandes tuvo que empujar con el dedo gordo para que la teta saliese del todo. Elías supo esto porque observó sus tendones alargarse y porque luego, al cabo de un rato, la profesora se rascaba al lado del sobaco, en el mismo lugar donde la goma del jersey se le había clavado.

A las once y media, después de este pequeño suceso, sonó la sirena y enviaron a todo el mundo a sus casas. Nadie fue al colegio por la tarde. Al día siguiente tampoco. Regresaron a la escuela el miércoles por la mañana y la clase olía a limpio. El profesor de lengua dijo a los alumnos que cogiesen una hoja en blanco, que iban a hacer un dictado. Alguien pidió a Elías un bolígrafo azul y él le ofreció uno que tenía en la cartera. El chico lo miró y vio que el capuchón estaba mordido. Elías supuso que sintió un poco de asco porque finalmente hizo el dictado a lápiz.

El profesor tenía ojeras de color violeta y siempre leía demasiado rápido. Recomendó a los chicos que escribiesen con buena letra, que si no entendían el significado de alguna palabra podían levantar la mano y, educadamente, preguntarle. Uno de los repetidores de clase dijo, en voz baja, que qué significa la palabra mano. El profesor le miró con odio. A Elías le pareció que estaba a punto de llorar. Luego se puso a reír.

El autor del texto se llamaba Bertolt Brecht. El profesor dijo que era un dramaturgo alemán. Alguien levantó la mano para preguntar qué es dramaturgo. El profesor dijo que era una profesión y que consiste en escribir obras de teatro. En realidad el dictado era sólo un párrafo: “La verdad tiene un tono. Nuestro deber es encontrarlo. Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: «yo soy incapaz de hacer daño a una mosca». Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo escucha. No trataremos como enemigos a quienes emplean este tono, pero no podrán ser nuestros compañeros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros”. Después de acabar el profesor ha preguntado qué entendíamos del texto. Alguien ha dicho que no entendía ni una mierda. Todo el mundo se ha puesto a reír. El profesor también. Otro alumno ha contado que en su casa puede decir mentiras cuando éstas no hacen daño a nadie. El profesor le ha respondido que se explique mejor. Nadie se ha atrevido a seguir diciendo algo.

Publicado ESCRITURA - V. ROMA | No hay comentarios »

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